A vueltas con Anna Frank
Recientemente ha salido a la luz nuevo material sobre una de las tragedias judías más conocidas durante el holocausto, la de Anna Frank (ver noticia). La influencia del Diario de la niña es inmensa. Ya ha sido traducida a 67 idiomas, y es uno de los testimonios más efectivos sobre la barbarie genocida que perpretó el nacionalsocialismo alemán. Su importancia está en consonancia con una buena polémica en torno al libro, que ataca la veracidad del libro. ¿Fue Anna Frank la autora? ¿La inserción de manos ajenas fue fundamental a la hora de alcanzar tamaña importancia? Personalmente, me inclino por la concepción de que Annelise Frank no es la verdadera autora del libro, no al menos en su totalidad. ¿Pero importa eso?
Hablemos un poco de literatura. Su historia no es más que la historia de la invención. Recordemos, por ejemplo, que la fuente capital del Romanticismo, Ossián, fue un fraude. Un fraude magnífico llevado a cabo por MacPherson. Quien conozca la teoría de la literatura, o aquellos afortunados que hayan leído la Poética de Aristóteles, sabrán que historia y literatura poseen una diferencia fundamental: el concepto de verosimilitud. Si ser un buen historiador significa un respeto absoluto y fiable sobre lo que ocurrió, el empleo del literato sobre este material se realiza sobre un concepto diferente: la verosimilitud. Es decir, no es tan importante que sea verdad como que la lectura otorgue la sensación de que nos hallamos ante algo que es verdad o, lo cual es importante, que posea cierta coherencia que la haga creíble dentro de su lógica, que no tiene que ser la de la realidad (el surrealismo puro no fue más que un puto fracaso, le duela a quien le duela). La literatura es un discurso, y como en todo discurso su material ha de ordenarse para trasmitir con la mayor eficacia posible un mensaje. Nadie mejor que Pessoa para definirlo: "o poeta é um fingidor". Verdad y verosimilitud pertenecen a planos distintos.
El problema de Anna Frank entra en juego cuando nos hallamos ante una obra cuyo mayor valor se basa en el testimonio, en la verdad que subyace. De ahí que las dudas sobre su veracidad hayan regocijado tanto a todos esos hijos de puta que se limitan a negar el Holocausto. Por culpa de ellos parece que reconocer la injerencia de otras plumas en el Diario no es una opción ética. Pues no. El Diario es verosímil, y su pertenencia a un referente real nos permite dirigir la mirada a él de una manera más parcial, sí, pero más efectiva, que es lo importante (1). Ojalá surjan más estudios que delineen la verdadera pluma de Anna Frank y saquen a la luz todas las manipulaciones (seguramente acertadas, a tenor del éxito del libro). La historia ya ha demostrado la trágica verdad en las líneas maestras de la historia de los Frank. La filología, como la historia, busca la verdad, y éso tiene que hacer, sin menoscabo para la efectividad del libro, por mucho que signifique que el Diario diste de ser en su globalidad obra de Anna Frank. Pues la verosimilitud de la literatura del Diario nos deja con el relato más estremecedor de una tragedia real.
(1): Evidentemente, la verosimilitud separada de lo que es verdadero siempre puede utilizarse para justificar los más execrables crímenes. Corresponde al lector saber qué lee y cómo lo lee (suele ser peligroso leer los discursos que pretenden ser historia, sin conocer esa historia o preocuparse por conocer esa historia, comparar verosimilitud y hechos).
