El camino de la santificación de Teresa de Calcuta está abierto. Un proceso que plantea dudas, pero que no me interesa demasiado. A fin de cuentas, la beatificación que tuvo lugar y la previsible santificación es el resultado de una reivindicación popular. Subirá a los altares junto con otra tanda de Santos cuya personalidad es de interés cero para el que no acepta la mortificación del cuerpo, el insensato martirio o demás "maravillas" de la fe católica.
Es de interés, sin embargo, analizar qué hizo la futura Santa Teresa de Calcuta para ganarse ese fervor popular. Toda la vida de Teresa, eso no cabe duda, se montó en torno a la caridad y el cuidado de los pobres. Algo, en principio, loable. Pero sólo en principio. En zonas desfavorecidas de África, latinoamérica o el continente asiático han sido legión los misioneros que han sacrificado su vida por mejorar las condiciones de vida de los nativos del tercer mundo. ¿Qué ha sucedido para que ellos sean sistemáticamente olvidados, mientras que Teresa de Calcuta disfrutó de una alucinante representación de personalidades políticas en su entierro? Quizás, en el hecho de que todos sacrificaron su vida, pero la monjita tiene una particularidad: que ella no utilizó ese sacrificio para cambiar (a bien) el entorno que le rodeaba.
Por la red existen varias páginas que "descubren" las maldades de las Misioneras de la Caridad. Casas de atención al enfermo desprovistas de las más elementales normas de higiene, transformadas en hospitales para enseñar a bien morir, movimientos del dinero donado para su empleo en la lucha contra la pobreza que se desplaza a cuentas vaticanas, degradación personal de las nuevas novicias en las Misioneras de la Caridad… no voy a detener mi atención aquí. Una búsqueda por internet sencilla (os ahorraré los enlaces), descubre que los que alientan estas tesis sin, en su mayor parte, amantes de los OVNIS, los chupacabras y las ultrasecretas conspiraciones judeo-masónica-gubernamentales, si bien del otro lado hay teóricos algo mejor preparados, como el productor Christopher Hitchens, quien realizó el documental Hell’s Angel, en el que se desmonta sistemáticamente a la beata.
No es por eso por lo que detesto a esta mujer. Es por el mensaje implícito que nos legó con su propia vida. Todo humano, a fin de cuentas, se guía por una ideología mejor o peor ordenada, a la cual plega sus actos. La de Santa Teresa podría resumirse en su conocida frase "la pobreza es bella", frase que, además de ser inmoral, en ella está provista de una gran hipocresía. Ciertamente, pese a la "belleza" de lo pobre, Teresa de Calcuta había admirado a bastante gente que de pobre no tenía ni un pelo. Recordemos a Duvalier, en Haití, o el caso más famoso de todos, el de su admirada princesa Lady Di (la admiración era mutua). Sobre el divorcio de esta última con Carlos de Inglaterra, la beata dijo que "está bien que termine, ninguno era feliz", frase criminal en tanto que meses antes se había desplazado personalmente a Irlanda, el único país donde permanecía la interdicción del divorcio y que celebraba un referéndum. Con unas palabras realmente duras, que no correspondían a la tierna monjita que parecía, criticó duramente a quien votara a favor del divorcio, pero las mayores críticas se las llevaron las mujeres favorables al sí. Básicamente, dijo que no había perdón posible para ellas, incluso aunque lo hicieran por maltrato sistemático del marido. A fin de cuentas, como ella decía "el sufrimiento y la enfermedad son regalos de Dios". ¿Os suenan este tipo de comportamientos? En mi país se llama hipocresía, e interesada además.
Pero fuera de hipocresías, lo grave es que Teresa de Calcuta se movió en base a una moral realmente discutible. Se basa en la aceptación serena de la pobreza, en saber "portarla con dignidad", y sacar fuerzas de flaqueza para, aupados por la adversidad, recibir más intensamente a Jesús en nuestro seno. Podría sonar bonito, pero la idea de fondo es el inmovilismo más absoluto. Los problemas crónicos de pobreza que sufre el mundo es algo que necesita de acciones, y un enfermo necesita su vacuna y no un paño húmedo en la frente y la compañía hasta que llegue la hora de "morir bien", sin ningún esfuerzo por cambiar ese final irreversible. La misma gente que ha sacrificado su vida como Teresa de Calcuta, pero intentando cambiar lo que le reodeaba y que no acudieron a los mejores hospitales cuando caían enfermos (como Teresa, paradójicamente, sí hizo), no tuvieron un reconocimiento que merecían más. Si el mensaje de la beata Teresa caló tan hondo, fue por lo mucho que agradó a las grandes autoridades, las mismas que realmente coparon su entierro, el de la "monjita de los pobres". Si el tercer mundo acepta con serenidad su condición, los del primero pueden llenarse las manos con más facilidad.
Teresa de Calcuta es, en fin, una punta de lanza de la extraordinaria perversión que el catolicismo ha hecho del evangelio. Aupada en el mensaje de la pobreza de Jesús, pero firmemente sujeta en el ideario de la mortificación que en realidad era tan extraño al evangelio original y que sólo tiene su sentido dentro del catolicismo, olvidó uno de los mensajes más importantes: y es que al pobre no se le da un pescado: se le enseña a pescar.
Y si hay quien piense que el hecho de sacrificar su vida ya salva a la mujercita, yo no soy de la misma opinión. Ella poseía una ferviente fe en la salvación de su alma y en la infinita bondad de sus acciones: su sacrificio no fue más que un acto de narcisismo, el convencimiento de que merece más que nadie recibir a Jesús en su seno por todo lo bueno que se hace. No creo que fuera caridad, sino egoísmo. Poder sentir que "soy muy buena". El torcido mensaje que legó, sus frecuentes vuelos en primera clase camino de los mejores hospitales, el cultivo de las altas personalidades, la mano de hierro con la que administró las Misioneras de la Caridad, muestran una mujer que, en última instancia, se movía por su propia satisfacción.
El mundo occidental recuerda con ternura a la monjita. Me consta que en Calcuta pasan tres pueblos de ella.