Eironeia. Relato corto y estúpido
Periódico abierto y café humeante sobre la mesa. Aquella mañana hubiera estado tranquilo y sin importarme el bullicio que llegaba, tanto del exterior como del interior de la cafetería, si no fuera porque no pasó mucho tiempo antes de ser directamente interpelado y molestado. Sucede que omo hombre sociable, siempre había sabido granjearme multitud de conocidos, lo que a veces me era contraproducente. A esto añadámosle el hecho de que, como hombre que no sabe de nada y habla de todo, me había labrado una merecida reputación de sabio. Alguien en quien buscar consejo, vamos.
Nada extraño, pues, que el chico que se había plantado junto a mi me mostrara mudo una mirada entre arrobada y suplicante. Comprendía, además, el silencio con el que él se mantenía, dudaba si dirigirme la palabra. Condescendiente, doblé el periódico que llevaba parte de la mañana aparentando leer en profundidad, y le invité a sentarse a mi mesa.
-Gracias- musitó, cortado, y voliendo a callar, sin dejar de observarme.
Dejé pasar unos segundos. Pero ya era hora de que el chico disparara la duda que le carcomía.
-Por favor, siénte libre de preguntarme lo que quieras.
En una pose de estudiado desenfado, mis manos tomaban la taza de café como quien no quiere la cosa, en una perfecta estampa casi ridícula de hombre bohemio y de mundo. Pero no, no era rídicula. Habilidades que uno posee.
-Sí, eso quería, preguntarle algo…
-Dispara…- como siguiera así, el chico iba a terminar irritándome. Inconscientemente alcé la mano, como si fuera a dar golpecitos a un micrófono, asegurándome de su funcionamiento cuando llegara el momento de soltar perlas de sabiduría. No había micrófono. Normal. Eso, por otra parte, era un alivio: el chico también habría usado micrófono, y la voz de pito que tenía no hubiera sido agradable de escucharse amplificada. Escondí el equivocado gesto alisándome el cabello.
-Yo… yo quería ser escritor de éxito, y buscaba consejo.
Otra vez la mirada suplicante. No era necesaria: se trataba de una duda normal, nada como pedir la luna, y además la duda era sencilla y de fácil respuesta.
-Sencillo,- le dije -El monstruo editorial…- la expresión "monstruo editorial" solía quedar de cojones cuando hablaba -…está ahora dominado por la narrativa histórica con toques de misterio. En la librería, acércate a la estantería de "literatura esotérica", y busca algún libro, mejor si tiene templarios de por medio. Del libro, coge y adapata la teoría que desgrane, por muy descabellada que sea, y utilízala como trama para tu novela. No olvides de añadir, en una introducción pseudocientífica, advertir que la novela está basada en hechos reales.
Sonreí satisfecho de mi respuesta, y volví a tomar el café. Desenfadamente, por supuesto. El chico, por el contrario y para mi sopresa, no parecía contento con mi respuesta. Estaba claro que iba a puntualizar algo, sin dejarme tranquilo.
-No… me refería a ser un escritor de éxito dentro de la buena literatura, la de culto.
-¿No prefieres ganar dinero fácil? -mi rostro reflejaba una estupefacción total.
-No. Quiero ganar prestigio.
De locos se alimenta el mundo.
Aquel muchacho tenía, definitivamente, algo mal en la cabeza. La otra posibilidad era un ego monstruoso, pero ese ego no encajaría con la humildad con la que se me había acercado e interpelado.
Frente a mis habituales respuestas inmediatas y concisas, esta vez tuve que dedicarle algunos segundos a meditar mis palabras.
-En fin…- miraba al techo, como meditabundo, lo que suele funcionar para mostrarse como serio y reflexivo- …ironía. Sí la ironía.
Al fin miré al chico directamente. Había decidido por qué derroteros tiraría mi respuesta, así que recuperé la seguridad en la modulación de mi voz.
-Tienes que escribir una obra irónica. Da igual que ni siquiera sea irónica, reduciéndose la ironía a una simple frase feliz al principio o al final del libro, o que sea, en vez de irónica, satírica o paródica. El público tampoco sabe las diferencias entre estos conceptos y bastará con que se le parezca para que diga, "oh, qué mordaz ironía".
Callé por unos instantes. El chico debía meditar y asimilar mis enseñanzas. Además, yo tenía que mostrar la pose lo más interesante posible, sin dejar tampoco resquicio a la menor duda sobre la competencia con la que hablaba. La experiencia me había enseñado que para momentos como este lo que mejor funcionaba era una pose al estilo de Marlon Brando.
-Lo importante- retomé la palabra -y escúchame bien pues esto es, repito, importante, es que el que cuando la editorial te acepte encantado el libro (que lo hará), quede claro que el que escriba la reseña de la contraportada ha de escribir algo semejante a "es portador de una lúcida ironía que trae a primerísimo primer plano las contradicciones de la relativista realidad moderna"…- adoptaba, al inventarme una reseña, un marcado tono neutro, como si además de serio y reflexivo, fuera divertido -…etc, etc, frases en ese estilo. Tus potenciales lectores se sentirán arrobados.
Unos minutos después, aquel chico se había ido. Quizás me hiciera padrino de un nuevo Auster, o un nuevo Millás, o un nuevo Bukowsky. ¡Quién sabe! El café, algo más vacío, estaba tranquilo. Confiado en que ya no me encontraría con nadie que me conociera, dejé de aparentar una interesante lectura del periódico y pasé rápido unas cuantas páginas. Tenía un magnífico bolso entre cool y hippie del cual extraje un boli.
- Prepárate, sudoku. Voy a por tí.
