Drutz

30 Noviembre, 2007

Razó

Categoría: Personal, Ficciones - artdyl @ 12:41 am

Carolus, coms de la Crois 

   Lo coms de la Crois si fo uns dels majors cortes del mon e dels majors trichadors de domnas e larcs de dompnejar, e saup de bon trovar e cantar e amer, e amet long temps per lo mon per enganar les domnas. Et si puois amet longa sason una domna de l’Andalousie, longament la amet mais non ella lui, e Carolus si remas de sai tritz e dolentz. E aisi leis aman, aisi mori.

   El conde de la Crois fue uno de los más corteses del mundo y de los mayores burladores de damas y liberal en el cortejar, y supo trovar y cantar y amar bien, y anduvo mucho tiempo por el mundo para engañar a las damas. Y luego amó durante mucho tiempo a una dama de Andalucía, mucho tiempo la amó, pero no ella a él, y Carolus se quedó aquí triste y afligido. Y amándola de esta suerte, de esta suerte murió.

 

NOTA: Según Martín de Riquer (Los trovadores. Historia literaria y textos, Barcelona, Ariel, 1ª ed. 1975), las razós son "textos en prosa que narran esquemáticamente sus biografías [de los trovadores], Vidas o las circunstancias o finalidades de algunas de sus poesías. Estos textos se hallan en algunos cancioneros unas veces encabezando la producción de un trovador, otras dispuestas agrupadamente aparte. Son de extensión desigual, pues pueden ser brevísimos (como las Vidas de Cercamon, Azelais de Porcairagues, Giraut de Salanhac, la comtessa de Dia, Raimon de Salas, etc.) o de una extensión aproximada a la de doscientas líneas de impreso normal (como la redacción extensa de la Vida de Guillem de Cabestany)."

29 Noviembre, 2007

Entresesión trágica

Categoría: Ficciones - artdyl @ 3:22 pm

(Una sala universitaria amplia y sin llenar. Se celebra la sesión de un congreso. La luz entra, rojiza, por una ventana artificial desde la derecha. Puede ser muy de mañana o muy en la tarde. Algunos espectadores, sobre todo los alumnos, cuchichean.)

MARÍA (en voz baja): ¿Lo has visto? Ha vuelto a hacerlo.

ROBE: ¿Hum? Repite, no te he entendido.

MARÍA: Sí, sí. Mira… ¡no, no mires! Espera un momento. Ha vuelto a hacerlo. Salva lleva toda la conferencia lanzándome miradas.

ROBE: ¿Tú crees?

(Robe mira hacia donde se encuentra el chico del que habla María, dos filas a su derecha.)

MARÍA: Lo está haciendo. Lo ha hecho ya diez veces, por lo menos.

(Tras el último comentario, María deja un momento la conversación para centrarse en anotar lo que el ponente va diciendo, hasta que vuelve a mirar a la derecha.)

MARÍA (ensoñada): Me pedirá salir… ¿Podrías creerlo? Quizás esta misma noche, cuando las copas. Sería magnífico.

ROBE: Te gusta el chico.

MARÍA: Sí, hace ya tiempo de eso. Y sigue. ¡Está mirando!

(El ponente está hablando del wille zum leben schopenhaueriano. Cuando termina, María abandona pronto la sala en compañía de unas amigas. Muestra una gran sonrisa en su rostro. Al rato, Salva abandona su asiento y se aproxima a Robe, quien se ha mantenido en su sitio.)

SALVA: Quería preguntarte una cosa, Robe. Al terminar el congreso hay que presentar una memoria para conseguir el crédito, ¿no?

ROBE: Sí, claro. ¿Estás tomando notas?

SALVA: ¡Qué va! Es tan sumamente aburrido que prefiero mirar al frente y pensar por la ventana.

ROBE: ¿Y cómo harás?

SALVA: He observado a María. Parece que lo está apuntando todo, y ella siempre tuvo buena letra, ¿no?

ROBE: ¿Piensas pedirle sus apuntes?

SALVA: Creo que sí. Parece lo mejor ¿Me los dejará?

ROBE (agarrando su mochila.): Apuesto que sí. Anda, vámonos. Creo que nos da tiempo a tomar algo antes de la próxima sesión.

(Se levantan. La luz que entra por la izquierda se ha vuelto azulada. Definitivamente, era la tarde.)

28 Noviembre, 2007

Tres+una recomendaciones (3)

Categoría: Cine / Tv - artdyl @ 3:22 pm

   Ocio fácil, digerible, disfrutar de la pasividad de estar sentado en el sofá mientras los rayos catódicos o el plasma escupen imágenes. ¿Es su ideal, caballero (señorita)? ¡Qué le vamos a hacer! Deduzco que no tiene usted ganas algunas de sentarse y ponerse a leer. ¿Me permite, entonces, recomendarle algunas películas?. Como es natural, puedo prometerle que serán unas recomendaciones nada obvias. Tan vago como es usted, necesita de algunos filmes que le sobresalten y, en alguno de los casos, incluso le haga pensar. Olvídese de Disney, abordemos, por el contrario, uno de los temas más depravados de la sórdida condición humana: el incesto. Por supuesto, habrá tres recomendaciones, de las cuales una será una película sublime, otra una correcta y otra una horrible.

La sublime: El silencio (1963), del recientemente fallecido Ingmar Bergman. ¿Ha sido usted capaz de disfrutar la maravilla del octavo arte que es El séptimo sello? Entonces quizás El silencio se convierta en otro de sus grandes filmes, después de deprimirle ante la soledad y la incomunicación humanas. Anna y Esther son dos hermanas, que junto a Joan, el hijo de Anna, viajan por un país de idioma que les es ajeno. Cuando Esther cae enferma, las barreras que separan de manera invible a ambas hermanas estallará en toda su crudeza. Vital, vividora de su sexualidad, Anna ofrecerá un contraste muy marcado frente a su hermana, inteligente, lésbica, aislada en su cuarto, al tiempo que entre ellas dos se desarrolla una relación de desencuentros y un soterrado deseo. Dolor, obsesión humana, delirio existencial, todo lo que hace del sueco Ingmar Bergman uno de los más grandes (si no el que más) cineastas de todos los tiempos.

La correcta: La luna (1979), de Bernardo Bertolucci. El italiano parece tener el incesto entre sus temas favoritos: recordemos la más reciente Soñadores, donde una vacía historia de amor ambientada en el París del 68 entre dos hermanos y un americano dejó como recuerdo más notable las tetas de Eva Green.  Es el problema habitual de las obras Bernardo Bertolucci, con unos defectos constantes que, cómo no, se repiten en La luna: cine pretencioso que, si tomáramos el proverbial martillo con el que Nietzsche escuchó hueco en la moral cristiana, escucharíamos hueco en el inflado cine del italiano. La luna narra la historia de una cantante de ópera que, tras la muerte de su marido, se lleva a su hijo consigo de gira. Éste no tardará en caer en el abismo de la droga, lo que estrechará las relaciones entre un hijo derrotado y una madre preocupada por él. Este acercamiento, cómo no, derivará en el incesto. Tiene la película, sin embargo, varias cosas notables: lo que le falta a Bertolucci para armar una historia lo compensa con un poder visual fuera de toda duda, con planos y secuencias de indudable belleza. ¿Le gusta a usted, además, la ópera? Entonces esta película se la recomiendo doblemente.

La horrible: Calígula (1979), de Tinto Brass, pese a ser una mala película posee algunas virtudes que la hacen de lo más interesante. Narra la vida de Calígula, el loco emperador romano que fuera capaz de hacer de su caballo un cónsul, conquistar el mar trayendo las conchas como trofeo y, lo que nos interesa, acostarse repetidamente con su hermana. No se engañen: la película es, vuelvo a avisar, mala, pero al menos tiene el honor de ser una de las pocas que intentó aunar porno con buen cine (más resultona había sido tres años antes El Imperio de los Sentidos, de Nagisa Oshima). El resultado, sin embargo, fue una película donde todo su interés pasó del meollo del contenido a lo más externo, a su estética y sus detalles: el kitsch ochentero con el que despliega la ambientación ¿romana? es tan interesante como el ochentero kitsch que recrea el mundo medieval y caballeresco en Excalibur de John Boorman. La secuencia del burdel es, además, un momento memorable: el bienvenido paso de las actrices del Penthouse al cine no limitado a la distribución X.

   ¿Se quedó usted con ganas de relaciones carnales intrafamiliares? Por favor, acomódese en su sillón favorito y abra las páginas de Incesto, de Anaïs Nin. Además de descubrir poéticamente cómo se acostó esta mujer con su padre, gozará espiando las vidas privadas de Henry Miller y tantos otros personajes de la interesante fauna de la América de los treinta.

27 Noviembre, 2007

La vieja del autobús

Categoría: Personal, Ficciones - artdyl @ 10:18 am

   Volviendo de Cádiz a San Fernando, coger el autobús en la primera parada, la Plaza de España, significa poder hacerte con un buen sitio entre todos. Más espacio para los pies, la seguridad de que el sol, el alto del mediodía, no incidirá directamente. Luego, un libro, algún juego en java si lo que se desea es dejar vagar la mente el máximo posible al tiempo que se reduce el tiempo.

   De cuando en cuando, observar la ecléctica fauna humana que parada tras parada va poblando el autobús. Viajeros recurrentes, gente curiosa, algún pescador impregnado de mar, chicas bonitas que mirar subrepticiamente, las más de las veces. Aquel día, en la casi siempre desesperada parada de la Residencia, se sentó a mi lado una mujer mayor, una vieja, de las de estilo antiguo y moño canoso. Olía a mal.

   Olía a vieja, el aprensivo olor de las células muertas en descomposición y una higiene de otros tiempos, cuando las mujeres trabajaban físicamente todo el día, la misma época cuando impedían a las niñas bañarse con agua durante la regla y a los chicos solían encontrarles un motivo claro y vergonzoso al inexcusable acné juvenil. Un olor, en definitiva, que conocía bien: desde pequeño, me había acostumbrado a él en las viejas del pueblo.

    Pero pareciera que las ciudades poseen la extraordinaria capacidad de alterar drásticamente la tolerancia. Desagradable. Disgustante, si me permitís el abrasivo anglicismo. Y entonces, si no puedes vencer al enemigo, únete a él. Y empecé a regodearme en aquel olor, no tan desagradable como más bien alejado del uniformante, impersonal pantene pro-vitamina con micropartículas de aloe vera enriquecido de antioxidante perfumado y reforzantes del cromosoma metrosexual, y por contra venía a la mente el pueblo, donde el olor a vieja, el estiércol, la apremiante fragancia de flores disfrazada entre el calor de los cuerpos de cabra y de toro, y piensa, piensa que no naciste con los móviles, y que cuando eras pequeño gritabas de satisfacción al encontrar un hormiguero que pisotear con saltos, aprendiz del poder del que puede decidir sobre una vida, múltiples vidas, pero ya vino el PETA, y te aficionaste a juntarte con tus amigos y tus petas de noches enteras y Dexter Gordon al saxo, o entrar en aquella discoteca que poco a poco se peta con el único fin de encontrar a aquella chica, la que se deja, la que por sorpresa ve como el chico la peta por detrás mientras sonríe tras la cara de estupefacción, y nada parece lo mismo y aunque has conocido lo que es sentarte en la vieja fuente entre huertos y olivos, viendo el cielo y el sol rojo, ese mismo cielo que parece nunca ocultarse detrás de los edificios altos y concentrados porque en realidad nunca lo viste y Dios, acuérdate de la tranquilidad entonces, jugando, el absoluto silencio del pueblo, lleno de nocturnidad, cuando un grillo es capaz de berrear más fuerte aún que Leño, y por qué, por qué, si conozco ese olor, si me convenzo de que las connotaciones son tan positivas, que no es tan desagradable, pero no se aguanta, ya en San Fernando, queriendo llegar cuanto antes a la parada de la Iglesia Mayor y bajar rápido, como quien huye con el rabo entre las piernas.

  Y tras uno pensarlo, piensa que ya mucho tiempo antes mucha gente habló del menosprecio de corte. Y uno se siente tan fútil, tan tópico.

26 Noviembre, 2007

Derrotas

Categoría: Personal, Ficciones - artdyl @ 4:48 pm

   Querría explicar cómo se me suceden las derrotas de la palabra, pero sería pretencioso. ¿Para qué, si antes Cinto oracio hOliveira, si antes Gil de Biedma inventó, recreó y noexistió un paseo en Barcelona? Me levanté esta mañana y entonces… no, es absurdo. No escribiré nada que ni siquiera sugiera lo que querría decir o cuánto querría decir. Perdonadme, pero simplemente en ocasiones no sé si en mi naturaleza está lo epifánico o lo jilipoyas, pisha.

21 Noviembre, 2007

Palabras

Categoría: Ficciones - artdyl @ 10:54 am

   Solía orientar su filosofía en torno al conocido y estoico hallazgo de que la muerte no era más que una ficción. "Pues cuando nosotros existimos la muerte no existe, y cuando la muerte existe nosotros no existimos", se repetía una y otra vez, al modo de un mantra que luchara contra la desidia que gobernaba su vida. Porque aunque tenía esa máxima grabada a fuego y estaba convencido de las virtudes de su optimismo, era una persona melancólica, apática la mayor parte del tiempo. Algo extraño cuyas causas no se explicaba pero que en el fondo, muy vagamente, intuía.

  Si alguien le hubiera mostrado una ventana al exterior lo habría entendido. Pero no podía saber, incluso sospechándolo inconscientemente, que ya sólo vivía en veintiséis palabras. Pronto, el desocupado lector acabaría con la entrada, y pasaría a otra, o quizás saldría del blog. Y entonces ya sólo le quedaría una palabra.

 

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