Ocio fácil, digerible, disfrutar de la pasividad de estar sentado en el sofá mientras los rayos catódicos o el plasma escupen imágenes. ¿Es su ideal, caballero (señorita)? ¡Qué le vamos a hacer! Deduzco que no tiene usted ganas algunas de sentarse y ponerse a leer. ¿Me permite, entonces, recomendarle algunas películas?. Como es natural, puedo prometerle que serán unas recomendaciones nada obvias. Tan vago como es usted, necesita de algunos filmes que le sobresalten y, en alguno de los casos, incluso le haga pensar. Olvídese de Disney, abordemos, por el contrario, uno de los temas más depravados de la sórdida condición humana: el incesto. Por supuesto, habrá tres recomendaciones, de las cuales una será una película sublime, otra una correcta y otra una horrible.
La sublime: El silencio (1963), del recientemente fallecido Ingmar Bergman. ¿Ha sido usted capaz de disfrutar la maravilla del octavo arte que es El séptimo sello? Entonces quizás El silencio se convierta en otro de sus grandes filmes, después de deprimirle ante la soledad y la incomunicación humanas. Anna y Esther son dos hermanas, que junto a Joan, el hijo de Anna, viajan por un país de idioma que les es ajeno. Cuando Esther cae enferma, las barreras que separan de manera invible a ambas hermanas estallará en toda su crudeza. Vital, vividora de su sexualidad, Anna ofrecerá un contraste muy marcado frente a su hermana, inteligente, lésbica, aislada en su cuarto, al tiempo que entre ellas dos se desarrolla una relación de desencuentros y un soterrado deseo. Dolor, obsesión humana, delirio existencial, todo lo que hace del sueco Ingmar Bergman uno de los más grandes (si no el que más) cineastas de todos los tiempos.
La correcta: La luna (1979), de Bernardo Bertolucci. El italiano parece tener el incesto entre sus temas favoritos: recordemos la más reciente Soñadores, donde una vacía historia de amor ambientada en el París del 68 entre dos hermanos y un americano dejó como recuerdo más notable las tetas de Eva Green. Es el problema habitual de las obras Bernardo Bertolucci, con unos defectos constantes que, cómo no, se repiten en La luna: cine pretencioso que, si tomáramos el proverbial martillo con el que Nietzsche escuchó hueco en la moral cristiana, escucharíamos hueco en el inflado cine del italiano. La luna narra la historia de una cantante de ópera que, tras la muerte de su marido, se lleva a su hijo consigo de gira. Éste no tardará en caer en el abismo de la droga, lo que estrechará las relaciones entre un hijo derrotado y una madre preocupada por él. Este acercamiento, cómo no, derivará en el incesto. Tiene la película, sin embargo, varias cosas notables: lo que le falta a Bertolucci para armar una historia lo compensa con un poder visual fuera de toda duda, con planos y secuencias de indudable belleza. ¿Le gusta a usted, además, la ópera? Entonces esta película se la recomiendo doblemente.
La horrible: Calígula (1979), de Tinto Brass, pese a ser una mala película posee algunas virtudes que la hacen de lo más interesante. Narra la vida de Calígula, el loco emperador romano que fuera capaz de hacer de su caballo un cónsul, conquistar el mar trayendo las conchas como trofeo y, lo que nos interesa, acostarse repetidamente con su hermana. No se engañen: la película es, vuelvo a avisar, mala, pero al menos tiene el honor de ser una de las pocas que intentó aunar porno con buen cine (más resultona había sido tres años antes El Imperio de los Sentidos, de Nagisa Oshima). El resultado, sin embargo, fue una película donde todo su interés pasó del meollo del contenido a lo más externo, a su estética y sus detalles: el kitsch ochentero con el que despliega la ambientación ¿romana? es tan interesante como el ochentero kitsch que recrea el mundo medieval y caballeresco en Excalibur de John Boorman. La secuencia del burdel es, además, un momento memorable: el bienvenido paso de las actrices del Penthouse al cine no limitado a la distribución X.
¿Se quedó usted con ganas de relaciones carnales intrafamiliares? Por favor, acomódese en su sillón favorito y abra las páginas de Incesto, de Anaïs Nin. Además de descubrir poéticamente cómo se acostó esta mujer con su padre, gozará espiando las vidas privadas de Henry Miller y tantos otros personajes de la interesante fauna de la América de los treinta.