La vieja del autobús
Volviendo de Cádiz a San Fernando, coger el autobús en la primera parada, la Plaza de España, significa poder hacerte con un buen sitio entre todos. Más espacio para los pies, la seguridad de que el sol, el alto del mediodía, no incidirá directamente. Luego, un libro, algún juego en java si lo que se desea es dejar vagar la mente el máximo posible al tiempo que se reduce el tiempo.
De cuando en cuando, observar la ecléctica fauna humana que parada tras parada va poblando el autobús. Viajeros recurrentes, gente curiosa, algún pescador impregnado de mar, chicas bonitas que mirar subrepticiamente, las más de las veces. Aquel día, en la casi siempre desesperada parada de la Residencia, se sentó a mi lado una mujer mayor, una vieja, de las de estilo antiguo y moño canoso. Olía a mal.
Olía a vieja, el aprensivo olor de las células muertas en descomposición y una higiene de otros tiempos, cuando las mujeres trabajaban físicamente todo el día, la misma época cuando impedían a las niñas bañarse con agua durante la regla y a los chicos solían encontrarles un motivo claro y vergonzoso al inexcusable acné juvenil. Un olor, en definitiva, que conocía bien: desde pequeño, me había acostumbrado a él en las viejas del pueblo.
Pero pareciera que las ciudades poseen la extraordinaria capacidad de alterar drásticamente la tolerancia. Desagradable. Disgustante, si me permitís el abrasivo anglicismo. Y entonces, si no puedes vencer al enemigo, únete a él. Y empecé a regodearme en aquel olor, no tan desagradable como más bien alejado del uniformante, impersonal pantene pro-vitamina con micropartículas de aloe vera enriquecido de antioxidante perfumado y reforzantes del cromosoma metrosexual, y por contra venía a la mente el pueblo, donde el olor a vieja, el estiércol, la apremiante fragancia de flores disfrazada entre el calor de los cuerpos de cabra y de toro, y piensa, piensa que no naciste con los móviles, y que cuando eras pequeño gritabas de satisfacción al encontrar un hormiguero que pisotear con saltos, aprendiz del poder del que puede decidir sobre una vida, múltiples vidas, pero ya vino el PETA, y te aficionaste a juntarte con tus amigos y tus petas de noches enteras y Dexter Gordon al saxo, o entrar en aquella discoteca que poco a poco se peta con el único fin de encontrar a aquella chica, la que se deja, la que por sorpresa ve como el chico la peta por detrás mientras sonríe tras la cara de estupefacción, y nada parece lo mismo y aunque has conocido lo que es sentarte en la vieja fuente entre huertos y olivos, viendo el cielo y el sol rojo, ese mismo cielo que parece nunca ocultarse detrás de los edificios altos y concentrados porque en realidad nunca lo viste y Dios, acuérdate de la tranquilidad entonces, jugando, el absoluto silencio del pueblo, lleno de nocturnidad, cuando un grillo es capaz de berrear más fuerte aún que Leño, y por qué, por qué, si conozco ese olor, si me convenzo de que las connotaciones son tan positivas, que no es tan desagradable, pero no se aguanta, ya en San Fernando, queriendo llegar cuanto antes a la parada de la Iglesia Mayor y bajar rápido, como quien huye con el rabo entre las piernas.
Y tras uno pensarlo, piensa que ya mucho tiempo antes mucha gente habló del menosprecio de corte. Y uno se siente tan fútil, tan tópico.
