Un Charlot agridulce
Nota: hace poco volví a ver Tiempos Modernos, de Charlie Chaplin, y como la primera vez volví a maravillarme. Me ha parecido una buena oportunidad para recuperar una de las entradas de mi primera aventura blogosférica, La copa y la lanza, sobre todo una vez que compruebo con agrado que aún suscribo plenamente lo que ya dije entonces. Todo vuestro.
Anoche tuve ocasión de volver a ver Tiempos modernos (Modern times, 1936) gracias a La2. No hace mucho tiempo, TCM había ya dedicado un mes a Charlie Chaplin, donde disfruté de joyitas como El chico (The kid, 1931) , Vida de perro (A dog’s life, 1918) o La quimera del oro (The gold rush, 1925).
Chaplin es indiscutiblemente un mago de la comedia. No entraré a discutir si fue mejor o peor que Buster Keaton o cualquier otro que me podáis poner por delante. Mi fascinación por la figura de Chaplin (especialmente por Charlot, el adorable vagabundo que creó) trasciende con mucho los límites de un género. Siempre me lo he preguntado: ¿Chaplin hacía comedia? No. Hacía algo más. Pura excelencia visual. Entra por los ojos y, permitidme la odiosa cursilería, llega hasta el corazón.
En realidad, cuando veo una de sus películas experimento multitud de sensaciones, además de enconadas, encontradas. Son películas graciosas, sí, pero tristes, agridulces. Tiernas, pero también llenas de desesperanza. La fractura se produce en la solidaridad de dos planos no siempre antagónicos: cómo nos cuenta la historia, qué cuenta la historia.
En Tiempos modernos Chaplin retoma su personaje favorito, Charlot, el vagabundo. Él es un trabajador de una fábrica donde le explotan y donde no es más que una máquina más, o un apéndice de ella, terminando por enloquecer y crear allí el caos. Es despedido. Ya en la calle, al recoger una bandera caída de una furgoneta es confundido con el líder de una manifestación comunista y acaba en la cárcel. Liberado, Charlot idea una serie de delitos frustrados para volver a la jaula. Estima mejor la vida sin libertad a la dureza de la calle. Allí conoce a una muchacha, interpretada por Paulette Goddard (¿nadie ha notado el asombroso parecido de Courteney Cox con ella?), con la que vivirá muchos sinsabores y alguna pequeña alegría. Tras lograr un pequeño trabajo como camarero, volverá a ser despedido. El final de la película, con el vagabundo y su pareja caminando hacia horizonte, tras concluir Charlot que la vida ya no será tan dura si se tienen el uno al otro, deja un final abierto para el espectador.
Un "qué" bastante duro, ¿verdad? El "cómo" es el que provoca la risa. Consiste en la multitud de absurdas y delirantes situaciones que se suceden. ¿Cómo no acordarnos del Charlot mecanizado que enrosca cada objeto susceptible ajustarse en su llave, incluyendo las narices de los compañeros de trabajo, o la canción que improvisa, al no acordarse de la letra, en varios idiomas? La ternura también es omnipresente en la película. Hay dos escenas paralelas que la ejemplifican con rotundidad. En la primera, Charlot y la muchacha, huidos de la policía, observan a una pareja en su casa. Ensoñados, se contemplan el uno al otro e imaginan una vida feliz juntos, entre cuatro paredes y con techo. La mirada que el vagabundo dedica a su nueva amiga es tremendamente emotiva. En la segunda, la muchacha ha encontrado una casa donde vivir juntos y se la enseña a su amigo. Está vieja, con techos y vigas que se caen y muebles que apenas aguantan peso. Charlot, sin embargo, no pone ninguna pega. Por el contrario, se muestra ilusionado. Del mismo modo, contentos, dueños de una felicidad efímera pero que está sucediendo en ese mismo instante, se disponen a comer. El resultado es especialmente conmovedor. La escena reabre la confianza en el ser humano, y deja en el aire la idea de que sólo la compañía y el disfrutar de las pequeñas cosas traen el sentido de la vida. Hay que ser conformista.
Y precisamente a través de este rasgo se entromete la desesperanza en el cine de Chaplin. El conformismo, en el fondo, es una idea peligrosa. Lo que nos dice Tiempos modernos (Y El chico y casi todas las demás) es que es imposible cambiar lo que está fuera de nosotros. La sociedad es y seguirá siendo, por definición, un ente malvado. La redención sólo es posible en un ámbito privado. No hemos de luchar: estamos condenados al fracaso desde el principio. Sólo tenemos la ayuda del que efectivamente se halla a nuestro lado, y hacia él nos hemos de volver.
Chaplin, en definitiva, atrapa como nadie la maravillosidad de la persona. Pero nunca nadie retrató tan crudamente al ser humano. El cóctel de drama y comedia, bien agitado, es demoledor.
