Drutz

31 Enero, 2008

Pedantes strikes back

Categoría: Estupidez humana - artdyl @ 11:51 am

  Bufandas estilosas ya casi en verano, cigarrillos en alto y codos flexionados. Los dos pedantes se han juntado en la cafetería para tomar algo y ensayar conversación.
 
- ¿Sabes quién era el Tidida?
 
- El primo del Pelida.
 
- ¿Y el de Telamón?
 
- El tocayo del de Oileo.
 
- ¿Y cuál era el nombre de los dos?
 
- El de un lenguaje de programación.
 

 
¿Carcajadas? Los dos pedantes ven infinitamente más elegante una media sonrisa alazona. 

25 Enero, 2008

Memoria contaminada

Categoría: Personal - artdyl @ 12:59 pm

   En mi primer año en Sevilla, recién nacido a la vida universitaria, me uní a un grupo de voluntarios de ANDEX (Asociación de padres de niños oncológicos de Andalucía). Básicamente, me dediqué a ir todos las tardes de los Jueves dentro de un grupo de voluntarios a la planta de oncología del hospital sevillano Virgen del Rocío. ¿El objetivo? Jugar con los niños que allí se encontraran internados para recibir la quimioterapia y demás atenciones necesarias.
 
Recuerdo bien cómo conocí ANDEX. En la Facultad de Química, donde realizaba una asignatura de prácticas, había un cartel ofreciendo ventajosos abonos para el (entonces) Caja San Fernando de baloncesto. Gran aficionado al baloncesto como soy, me detuve un buen rato observando aquel cartelito (un simple folio en un tablón de anuncios), considerando los pros y los contras. Pero al final el que me llamó la atención fue uno, un poco más discreto, situado junto a él. Era de ANDEX y buscaba jóvenes con ganas de hacer un voluntariado alegrando la vida a aquellos niños. Terminé yendo allí, aunque más por socializar con gente que no tuviera que ver con mi carrera o mi colegio mayor que por puro afán filantrópico de voluntariado. De hecho, tiempo después y ya metido en el grupo, eran ineludibles las cervecitas con el resto de voluntarios una vez terminados los juegos en el hospital. Justo lo que pensaba.
 
Pese a todo, la experiencia de compartir un curso y la mitad del siguiente con los niños es algo que deja huella en la personalidad y el conjunto de experiencias que poco a poco (tenía 18 y 19 años entonces) van modelando esa personalidad. Fue una experiencia, en todos los sentidos, tan rica como apabullante. Y recuerdo bien cómo se desarrollaban aquellas tardes. A mi me costaba más entrarle a los niños. Las veces que me hablaban y no les entendía me dejaba cierta inseguridad, sobre todo al ver cómo el resto de mis compañeros mostraban un desparpajo encomiable, ganándose a los chicos desde el primer momento. La mecánica era tan simple como entrar en cualquier habitación y preguntarle al niño que hubiera si le apetecía jugar a algo. Pero para ello había que romper el hielo. A mi me costaba un poco más. Pero lo conseguía, aunque fuera sólo con dos o tres de los chicos que estuvieran allí aquella tarde. Tenía, además, una gran baza: en mi colegio teníamos entre los estudiantes a un mago profesional, que por las circustancias accedió a enseñarme un buen repertorio de buenos trucos además de prestarme un par de buenos libros de cartomagia. Me encantaba ver las caras de sorpresa en los niños, y la invariable convesación que seguía siempre, intentando ellos hacer el truco, buscando la trampa, pero no, como les decía: "es magia, no hay trampa ni cartón". Fueron unas tardes bastante buenas.
 
Pese a todo lo que estoy contando, el recuerdo no es exactamente igual a como lo viví. Quizás os estáis preguntando, ¿en qué estado estaban aquellos niños? Esa era, precisamente, la pregunta que logré no hacerme aquellas tardes pero que ahora no puedo esquivar. Cuando veía a todos sin cabello, a tantos, en ropa de hospital, al final lo veía normal y termina siendo lo que realmente es: unos cuantos de niños con ganas de jugar. El sistema estaba, además, montado para ello: había seis o siete grupos, cada uno de ellos con un día asignado. Era difícil ver quién estaba allí todos los días, quién iba por algo puntual y, más importante, quién ya no estaba allí. Fuera del hospital, no había contacto alguno. No había una implicación personal que podría ser demasiado dura. Podíamos ir allí y simplemente limitarnos a jugar. 
 
Ahora, años después, la memoria traiciona. Ya no me centro única y exclusivamente en qué jugué o cómo jugué aquellas tardes. La cabeza, traicionera, me trae a la mente una y otra vez la perspectiva desde la enfermedad y no desde el juego. ¿Qué fue de aquellos niños? ¿Cuántos de ellos con los que jugué una o más de una tarde y no vi a la semana siguiente tuvieron un desenlance fatal? Me gustaría recordarlos tal y como los veía entonces: unos niños con ganas de jugar, más estando en un lugar tan aséptico como el hospital, donde unos eran más alegres, otros más caprichosos, otros con una inventiva tremenda, y todos, en definitiva, niños. Pero la memoria no es tan complaciente.
 
Aún quedan estupendas memorias. Me acuerdo en el grupo de Marisa, de Marta, de Fran, a los que seguí viendo estando aún en Sevilla pero con los que ya perdí el contacto. De la única que sé algo es de Ana, aunque ella no sabe de mí. Es lógico: si sé como le va la vida es porque ahora es actriz en Cámara Café.
 
Y de todos los pequeñajos que tan bien me lo hicieron pasar, me acuerdo sobre todo de uno de los niños: si la memoria no me traiciona, se llamaba Emilio. Fue una de las mejores tardes y, creo, uno de los niños que más se encariñó conmigo. También el único al que he visto fuera de allí.  Volvía a San Fernando y lo vi en el tren, con su madre, al Puerto. Le guiñé un ojo y el me saludó con la mano y una gran sonrisa. Me gusta pensar que no tuvo que volver más veces a la planta de oncología de Virgen del Rocío. Me gusta pensar que ha crecido, y hoy juega tremendo al fútbol. O al baloncesto, que lo disfruto más. 

11 Enero, 2008

Las cosas claras

Categoría: Estupidez humana - artdyl @ 1:41 pm

   Ni la segunda guerra mundial, ni la peste negra, ni la Inquisición, ni el genocidio de tantos pueblos indígenas americanos, ni el crecimiento de un fundamentalismo islámico listo para terroristear a sus anchas por Occidente y el resto del mundo, ni Darfur, ni la salida al ruedo de Paris Hilton, ni etcétera. Lo más terrible de estos últimos veinte siglos es el matrimonio homosexual. Martínez Camino dixit.
 

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