Drutz

16 Julio, 2008

Humanidad

Categoría: Sociedad - artdyl @ 11:31 pm

    De cuando en cuando, en muy contadas ocasiones, hay gente que te abofetea en la cara y te recuerda que la humanidad existe. Que pese la pesimista individualidad posmodernista de nuestro tiempo, la insolidaridad y el hombre que es lobo del hombre, hay gente que porta una grandeza inconmensurable en su interior y que nos reconcilian con la naturaleza humana de la que tanto desconfiamos.

    En Yemen han dejado oír su voz tres de las personas más increíbles de las que he tenido ocasión de hablar últimamente. Tres personas que en vez de aportar su granito de arena por cambiar el mundo han aportado un camión entero. Tres mujeres. Tres árabes, de Yemen, concretamente. La primera, Reem Anees Al-Numairy, sólo tiene doce años. Otra, Nujood Ali, apenas cuenta con diez inviernos. Arwa Abdu Muhammad Ali, por último, ni siquiera llega a la decena: tiene apenas nueve añitos, la misma edad que tenía cuando yo únicamente pensaba en bajar al patio para jugar con mis amigos al fútbol, a la peonza o a los bolis. Apenas son tres niñas.

   Pero ellas se han visto forzadas a pronunciar unas palabras de una trascendencia poco fácil de valorar en su justa medida: Me quiero divorciar.

   Las tres habían sido desposadas y, por supuesto, sin que ninguna quisiera la suerte que le deparaban sus padres. Deberíamos detenernos un momento a pensar. Para nosotros, una boda con niñas de tan tierna edad nos parece algo horrible pero no le damos más vueltas al asunto puesto que "se da en otras culturas diferentes a la nuestra". Eso pensamos, condescendientes, y saltamos a otro asunto tras dos o tres poco sentidos comentarios de indignación. Incluso recordamos que se daba en nuestra cultura, cuando los tiempos de Maricastaña y Santiago y cierra España, cuando entre la nobleza el matrimonio no era más que un contrato político y se usaba para tal efecto a los más pequeños retoños. O cuando Aureliano Buendía, el inolvidable protagonista de Cien años de Soledad se enamora y pide en matrimonio a Remedios, la jovencita impúber que aún no había manchado sus pantaletas. O más cerca aún, con Machado, su eterno anhelo del amor hospitalario, enamorado de una niña de 14 años a quien desposó dos veranos después. El matrimonio a tan temprana edad, lo sabemos todos, nos parece reprobable, de ominoso robo de la juventud. En fin, lo condenamos, pero al mismo tiempo nos habituamos a oírlo. Pensamos, aunque sea inconscientemente, que en algunos casos como el del bondadoso poeta, Don Antonio, la niña se encontró con alguien que la trató con delicada exquisitez, como quien cuida amorosamente un jardín.

   Pero Reem, Nujood y Arwa le dijeron al juez que se querían divorciar.

   No es difícil malear la mente de los niños a tierna edad, ni sumergirlos enteramente en el atavismo ancestral de una cultura. Es importante entenderlo para entender la trascendencia de esas tres palabras, me quiero divorciar. Esas niñas, además de enfrentarlas a una tradición injusta e inhumana, que corta de cuajo la vitalidad de quien tiene todo su tiempo por andar,  debieron enfrentarse a algo más para poder embarcarse en un acto de tal calado. La frase requiere de una madurez que, a los doce, a los nueve años, un niño aún no debería de disponer. Pues el gesto de las tres no es el pataleo del crío que no consigue lo que quiere, sino la de una profunda rebelión que creíamos propia del hombre más maduro. Contra el matrimonio y los dolorosos márgenes que ennegrecen y alcanzan más allá de él. La historia personal de estas tres íncreibles niñas hiere. Un día Reem, contra su volundad, había sido casada con un demonio de su sangre, un primo de 31 años, quien la arrancó de su hogar, en Saná, para llevarla hasta Rada, 250 kilómetros más al suroeste. Cuando lloró y trató de negarse a un destino que no quería, su primo, para doblegarla, la golpeó y la violó sistemáticamente. Terminó encerrada en un sótano donde fue torturada con saña durante meses. Nujood también fue arrancada de Saná para ser conducida a otro pueblo perdido de la geografía yemení: su padre le había procurado un marido de treinta años. La noche de bodas, aterrada, Nujood se resistió a la bestia que trataba de consumar el matrimonio, pero su diminuto cuerpo no podía contra la virilidad del hombre que le triplicaba la edad. Fue forzada y apalizada. Fuera de Saná, en Jibla, Arwa, la última de ellas, fue forzada con casarse con un animal de 35 años. Él, impasible, la violó y la maltrató cuando trató de resistirse a la sumisión que se le había deparado. Y volvió a violarla y a infligirle castigo físico, durante meses.

   Nujood y Arwa consiguieron escapar. Reem alertó con sus gritos, desde el sótano, a su madre, que llamó a la policía. Mientras Arwa se refugió en un hospital, Nujood, menuda pero decidida, se plantó ante la puerta del juzgado y llamó a la puerta. Las tres formularon a sus respectivos jueces idéntica petición: "me quiero divorciar". Podían pedirlo. Pese a la costumbre del matrimonio infantil, arraigada sobre todo en el Yemen más pobre y rural, donde una niña es un bien de transacción más, la ley prohíbe el matrimonio con niñas menores de 15 años. Para Nujood y Arwa, que tuvieron la suerte de llegar a jueces con sentido común, la historia parece llevar buen camino y gozan ahora de protección. Reem ha tenido menos suerte: su súplica topó con un juez tan inhumano como los hombres que le habian destrozado la infancia. Inmerso en la concepción materialista de la mujer como un bien más, el juez legitimizó el contrato que realizaran el padre y el primo, si bien dictaminando que Reem permanecería en casa de sus padres hasta los 15 años y, sólo entonces podría solicitar el divorcio. El padre de Reem, durante el juicio, respondió con contundencia ante la pregunta del juez de por qué la casó a la edad de doce años, pese a los quince estipulados por la ley. Es mi hija, y soy libre incluso de cortarla en dos si me da la gana. Es asunto mío y nadie tiene que inmiscuirse, fueron sus palabras. Ahora tiene tres años por delante para lograr la sumisión de una hija que, pese a violaciones y torturas, el marido no consiguió.

    Las tres historias, especulares y complementarias, son las historias de tres niñas poseedores de un coraje que posiblemente no posea nadie que nosotros conozcamos personalmente, ni en la mejor edad de la vida. Han azotado la sociedad yemení y han obligado a la sociedad a volver los ojos hacia ellas. Queda que nosotros, Yemén, todas las sociedades donde se permita este tipo de escoria que promueve las barbaridades narradas, no detengamos el cambio que ellas tres han propiciado. No permitamos que el extraordinario gesto Reem, Nujood y Arwa se reduzca a una mera anécdota. Más que nada porque es un gesto humano, tremendamente humano, como los que ya apenas se ven. Mahoma se casó con Aisha, de nueve años, dicen los fundamentalistas que defienden la costumbre. Hay que pedirles que, si no pueden darle por culo a Mahoma, como ya hiciéramos tantos de nosotros con Yahvé, al menos entiendan que el profeta del Islam se enmarcó en un tiempo y contexto muy determinados y muy diferentes al actual. Hoy seguimos poseyendo a la misma bestia en nuestro interior, pero también somos un poquito, permitidme el optimismo, más evolucionados. Honrémoslas. Porque temo, sobre todo, por Reem.

 

   Reem, Nujood y Arwa. Quiero aprenderme vuestros nombres. Reem. Nujood. Arwa.

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