Drutz

8 Septiembre, 2008

El niño Miguel

Categoría: Música - artdyl @ 8:14 pm

   Fue un amigo mío el que me puso en la pista de un personaje trágico, un romántico atrasado en el tiempo, con todo el halo de fatalismo y maldición con el que gusta disfrazar al genio. Hablo del Niño Miguel, uno de los personajes más reconocibles de la geografía onubense.

   El Niño Miguel fue, en su momento, una de las mayores promesas que ha dado el flamenco. Hasta el punto de que hoy, me cuentan, el Niño Miguel es considerado el mejor tocador de guitarra que ha visto Huelva en toda su historia. Pero se le truncó la vida. Nació en 1952, en la tierra del río Tinto, hijo de Miguel el Tomate y tío de Tomatito. Vivió su época dorada en los setenta, cuando su concepción de la bulería causó sensación, sorprendiendo al propio Paco de Lucía, que lo llevó a la discográfica con el resultado de dos discos imprescindibles con Universal, que actualmente se encuentran descatalogados. En su apogeo, en 1973, lograría el premio de honor del Concurso Nacional de Guitarra de la Peña los Cernícalos de Jerez.

El Niño Miguel, entonces (YouTube)

   Hoy no es más que una sombra de lo que fue. Vaga por las calles de Huelva, sumido en la miseria y en la adicción por las drogas, totalmente destrozado. Allí canta a quien se lo pide por algunos euros, ofreciendo muchas veces un momento irrepetible para el afortunado, que no es más que un reflejo de su miseria para él. Me contaba mi amigo que una de las peñas flamencas de Huelva tiene en su sede una guitarra permanentemente guardada. Sólo se saca cuando el Niño Miguel se pasa por ahí, y cuando él termina, vuelve a guardarse. Él va por las calles con su propia guitarra, completamente destartalada, a la que siempre le faltan dos o tres cuerdas, pero a la que aun así es capaz de extraerle un sonido increíble. El Niño Miguel es un genio, cuentan los que saben de flamenco y los que viven la experiencia de oírle en directo. Un genio maldito, titánico, que más parece un personaje de novela romántica que uno de tantos y tristes vagabundos de la urbe.

El Niño Miguel, ahora (YouTube)

5 Septiembre, 2008

La crónica de la derrota: Los girasoles ciegos

Categoría: Literatura, Crítica - artdyl @ 10:32 am

   El panorama literario actual es tan amplio como raquítico. Hay más lectores que nunca al mismo tiempo que disfrutamos de más ocio que nunca. Desde que entró con la transición española la sociedad de bienestar en la que estamos inmersos, el mercado editorial no ha hecho más que crecer con y para el amplio contingente de voraces (y veloces) lectores que demandan un tipo de lectura rápida y digerible. Los lectores de metro y de playa y piscina son mayoría, y con ellos, las estanterías de las librerías. O, mejor dicho, de las grandes superficies como el Corte Inglés y la FNAC.

   No es algo negativo para literatura. Ésta pervive junto a los best-sellers, en ocasiones en buena comunión (pensemos en Eduardo Mendoza, por poner un ejemplo). Los cambios que la propia realidad externa ha traído sobre la literatura y la novela, particularmente, son tan válidos como los que van de una época a otra. Terminó la novela social, también la novela experimental. Juan Goytisolo puede dedicarse al ensayo: Señas de identidad no es tan pertinente ahora como pudo serlo en una época que necesitaba y buscaba transformación. Ahora, divertir al público es esencial, y con estas premisas hemos asistido a una progresiva vuelta a la narratividad, al placer de contar una historia, al descubrimiento de unos personajes que nos interesan por lo que son y lo que hacen, y no por lo que reflejan, como con aquellos sufridos personajes colectivos de las novelas del realismo crítico (esa Colmena que todos tragamos en el instituto). Sin la transición y la nueva cultura del ocio, jamás hubieran venido novelas como El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina o Dos mujeres en Praga, de Juan José Millás. Ambas ejemplifican bien la tendencia de las últimas décadas: novelas de metro, de lectura amable, sin renunciar al cuidado del lector. La parte literaria vendrá dada por la mejor o peor administración de los recursos. La de Antonio Muñoz Molina es una gran novela, imprescindible, mientras que la de Juan José Millás es una obra insulsa y bastante sobrevalorada, beneficiada por un público medio, que no es inculto pero tampoco dotado de un criterio sobresaliente, incapaz de diferenciar entre ambos. Pero es ese público mayoritario la porción más jugosa para editores y escritores.

   Del mercado más marginal, mejor no hablar. Sobre la literatura más audaz y minoritaria predomina la basura más pretenciosa y ombliguista. Su tendencia natural es morir, ajenos a la industria del libro, salvo en el círculo de amigos y coleguillas que se dedican al autobombo.

   La calidad media del momento es esa: una calidad media que trata de ajustarse al tipo del lector moderno. Por arriba, como el caso mentado de Muñoz Molina, o por abajo, como en el caso de Juan José Millás. La pena es que hay mucha ficción puramente mercantilista, con valores literarios escasos o directamente nulos: lo más vendido ahora es Zafón, un artesano del best-seller, que además lo hace de maravilla, pero cuyas novelas aportan absolutamente cero al panorama literario. El caso contrario, el libro que se ajuste al juego del mercado y que verdaderamente aporte, sin pasar de ser una obra simplemente meritoria como las de la mayoría de grandes novelistas de ahora, nos arrastra una nómina tremendamente exigua de obras con mayúsculas.

   Alberto Méndez y su libro, Los girasoles ciegos, es una excepción fascinante. Méndez murió hace casi cuatro años, a la edad de 63. Su obra, su única obra, se publicó hace tres. Ganó el Premio Nacional de la Crítica, algunos más, y poco a poco, y tras un arranque casi clandestino, ha conseguido hacerse a través del boca a boca con un éxito extraordinario y continuas reediciones. A Alberto le hubiera gustado ver el éxito que le destinaba a su tardío, y único, retoño.

      Los girasoles ciegos es un libro que "va" de la Guerra Civil, como tantos otros. Al igual que tantos otros, ha pasado de la condena del franquismo que se plasmaba en las primeras novelas de esa temática durante los primeros años de la Guerra Civil hasta el puro registro, tan intimista como poco condescendiente, que se centra a explorar las repercusiones que el enfrentamiento fratricida y la larga posguerra depositaron en nuestras memorias tanto colectivas como individuales. Los girasoles ciegos es un libro duro. Son cuatro relatos, los cuatro marcados con el epígrafe de "derrotas". Primera derrota, Segunda derrota, Tercera Derrota y Cuarta derrota. Cada una de ellas es una historia de infamia y desolación en un país de cimientos revueltos. Un capitán nacional que, poco antes de la rendición de Madrid, se rendirá él mismo a los republicanos, preso del sinsentido de la guerra. Un joven que ha de huir con su mujer embarazada, hasta que ella muere en el parto, dejando al joven solo con su hijo recién nacido en una cueva perdida, donde la supervivencia ofrece su cara más dura.  Un soldado republicano capturado por las tropas fascistas que, para retrasar su ejecución, miente ante su juez, narrando la falsa heroicidad de uno de sus compañeros, hijo del que ha de dictarle sentencia. Y por último, la historia de un republicano escondido en su casa, que tiene que asistir impotente a los sucesivos intentos de seducción de su mujer por parte de un lujurioso diácono.

      El segundo de los relatos posee quizás las páginas más bellas y sobrecogedoras que se han escrito en los últimos tiempos. A modo de diario, que nos desnuda con crudeza la intimidad del protagonista, asistimos a su creciente desolación, a la tremenda carga que el supone el cuidado de un hijo sobre el que no deposita esperanzas de ningún tipo y ante el que no tiene medios para ofrecerle una mínima atención. Sin embargo, la verdadera catarsis nos la ofrece la prosa del autor, llena de sensibilidad, permitiéndonos descargar un caudal de emociones y sentimientos enconados como pocos libros han sido capaces de conseguir. 

   Pese a su apariencia de libro de relatos en parte aislados, con la temática del fin de la Guerra y de los derrotados como único punto de unión, en principio, impresión que se acentúa en cuanto se observa la diferente factura estilística con la que se discurre en cada una de las cuatro partes, Alberto Méndez ofrece su mayor rasgo de maestría cuando observamos que consigue una unidad perfecta, en la que cada parte es imprescindible para aprehender el todo. Una velada red de referencias relacionan las historias entre sí, de modo que cada una de ellas amplía y matiza al resto. Con la conocida técnica del contrapunto, la misma de Huxley o Dos Passos que popularizaran luego los hispanoamericanos del Boom , el libro se mueve a distintos niveles de significado, enriquecidos en su contraste sucesivo, y que el lector ha de ir tejiendo por su cuenta para extraerle al libro todo el jugo que atesora. 

   Al fin, lo que permanece es una de las historias más impresionantes que se han escrito jamás sobre el conflicto español (o cualquier conflicto). Pero, sobre todo, nos deja una historia tremendamente intimista, de un lirismo exacerbado, donde las historias individuales escriben una crónica sobre la dignidad del hombre, sobre la redención y sobre la desoladora carga de la miseria.

   Pero, sobre todo, un libro de una belleza apabullante.

   No tengo intenciones de ver la película: si es mala, contaminaría mis recuerdos del libro; aun si es buena, seguramente la tremenda calidad del libro deje, para el que se adentró en sus páginas, un poso de "quiero y no puedo" en el filme. 

 

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