Drutz

6 Diciembre, 2007

Un Charlot agridulce

Categoría: Cine / Tv, Crítica - artdyl @ 8:55 am

Nota: hace poco volví a ver Tiempos Modernos, de Charlie Chaplin, y como la primera vez volví a maravillarme. Me ha parecido una buena oportunidad para recuperar una de las entradas de mi primera aventura blogosférica, La copa y la lanza, sobre todo una vez que compruebo con agrado que aún suscribo plenamente lo que ya dije entonces. Todo vuestro.

    Anoche tuve ocasión de volver a ver Tiempos modernos (Modern times, 1936) gracias a La2. No hace mucho tiempo, TCM había ya dedicado un mes a Charlie Chaplin, donde disfruté de joyitas como El chico (The kid, 1931) , Vida de perro (A dog’s life, 1918) o La quimera del oro (The gold rush, 1925).

   Chaplin es indiscutiblemente un mago de la comedia. No entraré a discutir si fue mejor o peor que Buster Keaton o cualquier otro que me podáis poner por delante. Mi fascinación por la figura de Chaplin (especialmente por Charlot, el adorable vagabundo que creó) trasciende con mucho los límites de un género. Siempre me lo he preguntado: ¿Chaplin hacía comedia? No. Hacía algo más. Pura excelencia visual. Entra por los ojos y, permitidme la odiosa cursilería, llega hasta el corazón.

   En realidad, cuando veo una de sus películas experimento multitud de sensaciones, además de enconadas, encontradas. Son películas graciosas, sí, pero tristes, agridulces. Tiernas, pero también llenas de desesperanza. La fractura se produce en la solidaridad de dos planos no siempre antagónicos: cómo nos cuenta la historia, qué cuenta la historia.

   En Tiempos modernos Chaplin retoma su personaje favorito, Charlot, el vagabundo. Él es un trabajador de una fábrica donde le explotan y donde no es más que una máquina más, o un apéndice de ella, terminando por enloquecer y crear allí el caos. Es despedido. Ya en la calle, al recoger una bandera caída de una furgoneta es confundido con el líder de una manifestación comunista y acaba en la cárcel. Liberado, Charlot idea una serie de delitos frustrados para volver a la jaula. Estima mejor la vida sin libertad a la dureza de la calle. Allí conoce a una muchacha, interpretada por Paulette Goddard (¿nadie ha notado el asombroso parecido de Courteney Cox con ella?), con la que vivirá muchos sinsabores y alguna pequeña alegría. Tras lograr un pequeño trabajo como camarero, volverá a ser despedido. El final de la película, con el vagabundo y su pareja caminando hacia horizonte, tras concluir Charlot que la vida ya no será tan dura si se tienen el uno al otro, deja un final abierto para el espectador.

   Un "qué" bastante duro, ¿verdad? El "cómo" es el que provoca la risa. Consiste en la multitud de absurdas y delirantes situaciones que se suceden. ¿Cómo no acordarnos del Charlot mecanizado que enrosca cada objeto susceptible ajustarse en su llave, incluyendo las narices de los compañeros de trabajo, o la canción que improvisa, al no acordarse de la letra, en varios idiomas? La ternura también es omnipresente en la película. Hay dos escenas paralelas que la ejemplifican con rotundidad. En la primera, Charlot y la muchacha, huidos de la policía, observan a una pareja en su casa. Ensoñados, se contemplan el uno al otro e imaginan una vida feliz juntos, entre cuatro paredes y con techo. La mirada que el vagabundo dedica a su nueva amiga es tremendamente emotiva. En la segunda, la muchacha ha encontrado una casa donde vivir juntos y se la enseña a su amigo. Está vieja, con techos y vigas que se caen y muebles que apenas aguantan peso. Charlot, sin embargo, no pone ninguna pega. Por el contrario, se muestra ilusionado. Del mismo modo, contentos, dueños de una felicidad efímera pero que está sucediendo en ese mismo instante, se disponen a comer. El resultado es especialmente conmovedor. La escena reabre la confianza en el ser humano, y deja en el aire la idea de que sólo la compañía y el disfrutar de las pequeñas cosas traen el sentido de la vida. Hay que ser conformista.

   Y precisamente a través de este rasgo se entromete la desesperanza en el cine de Chaplin. El conformismo, en el fondo, es una idea peligrosa. Lo que nos dice Tiempos modernos (Y El chico y casi todas las demás) es que es imposible cambiar lo que está fuera de nosotros. La sociedad es y seguirá siendo, por definición, un ente malvado. La redención sólo es posible en un ámbito privado. No hemos de luchar: estamos condenados al fracaso desde el principio. Sólo tenemos la ayuda del que efectivamente se halla a nuestro lado, y hacia él nos hemos de volver.

   Chaplin, en definitiva, atrapa como nadie la maravillosidad de la persona. Pero nunca nadie retrató tan crudamente al ser humano. El cóctel de drama y comedia, bien agitado, es demoledor.

28 Noviembre, 2007

Tres+una recomendaciones (3)

Categoría: Cine / Tv - artdyl @ 3:22 pm

   Ocio fácil, digerible, disfrutar de la pasividad de estar sentado en el sofá mientras los rayos catódicos o el plasma escupen imágenes. ¿Es su ideal, caballero (señorita)? ¡Qué le vamos a hacer! Deduzco que no tiene usted ganas algunas de sentarse y ponerse a leer. ¿Me permite, entonces, recomendarle algunas películas?. Como es natural, puedo prometerle que serán unas recomendaciones nada obvias. Tan vago como es usted, necesita de algunos filmes que le sobresalten y, en alguno de los casos, incluso le haga pensar. Olvídese de Disney, abordemos, por el contrario, uno de los temas más depravados de la sórdida condición humana: el incesto. Por supuesto, habrá tres recomendaciones, de las cuales una será una película sublime, otra una correcta y otra una horrible.

La sublime: El silencio (1963), del recientemente fallecido Ingmar Bergman. ¿Ha sido usted capaz de disfrutar la maravilla del octavo arte que es El séptimo sello? Entonces quizás El silencio se convierta en otro de sus grandes filmes, después de deprimirle ante la soledad y la incomunicación humanas. Anna y Esther son dos hermanas, que junto a Joan, el hijo de Anna, viajan por un país de idioma que les es ajeno. Cuando Esther cae enferma, las barreras que separan de manera invible a ambas hermanas estallará en toda su crudeza. Vital, vividora de su sexualidad, Anna ofrecerá un contraste muy marcado frente a su hermana, inteligente, lésbica, aislada en su cuarto, al tiempo que entre ellas dos se desarrolla una relación de desencuentros y un soterrado deseo. Dolor, obsesión humana, delirio existencial, todo lo que hace del sueco Ingmar Bergman uno de los más grandes (si no el que más) cineastas de todos los tiempos.

La correcta: La luna (1979), de Bernardo Bertolucci. El italiano parece tener el incesto entre sus temas favoritos: recordemos la más reciente Soñadores, donde una vacía historia de amor ambientada en el París del 68 entre dos hermanos y un americano dejó como recuerdo más notable las tetas de Eva Green.  Es el problema habitual de las obras Bernardo Bertolucci, con unos defectos constantes que, cómo no, se repiten en La luna: cine pretencioso que, si tomáramos el proverbial martillo con el que Nietzsche escuchó hueco en la moral cristiana, escucharíamos hueco en el inflado cine del italiano. La luna narra la historia de una cantante de ópera que, tras la muerte de su marido, se lleva a su hijo consigo de gira. Éste no tardará en caer en el abismo de la droga, lo que estrechará las relaciones entre un hijo derrotado y una madre preocupada por él. Este acercamiento, cómo no, derivará en el incesto. Tiene la película, sin embargo, varias cosas notables: lo que le falta a Bertolucci para armar una historia lo compensa con un poder visual fuera de toda duda, con planos y secuencias de indudable belleza. ¿Le gusta a usted, además, la ópera? Entonces esta película se la recomiendo doblemente.

La horrible: Calígula (1979), de Tinto Brass, pese a ser una mala película posee algunas virtudes que la hacen de lo más interesante. Narra la vida de Calígula, el loco emperador romano que fuera capaz de hacer de su caballo un cónsul, conquistar el mar trayendo las conchas como trofeo y, lo que nos interesa, acostarse repetidamente con su hermana. No se engañen: la película es, vuelvo a avisar, mala, pero al menos tiene el honor de ser una de las pocas que intentó aunar porno con buen cine (más resultona había sido tres años antes El Imperio de los Sentidos, de Nagisa Oshima). El resultado, sin embargo, fue una película donde todo su interés pasó del meollo del contenido a lo más externo, a su estética y sus detalles: el kitsch ochentero con el que despliega la ambientación ¿romana? es tan interesante como el ochentero kitsch que recrea el mundo medieval y caballeresco en Excalibur de John Boorman. La secuencia del burdel es, además, un momento memorable: el bienvenido paso de las actrices del Penthouse al cine no limitado a la distribución X.

   ¿Se quedó usted con ganas de relaciones carnales intrafamiliares? Por favor, acomódese en su sillón favorito y abra las páginas de Incesto, de Anaïs Nin. Además de descubrir poéticamente cómo se acostó esta mujer con su padre, gozará espiando las vidas privadas de Henry Miller y tantos otros personajes de la interesante fauna de la América de los treinta.

18 Septiembre, 2007

Tres+una recomendaciones

Categoría: Cine / Tv - artdyl @ 2:10 pm

   Caballero (señorita), ¿es usted uno de tantos que, después de una ardua jornada de trabajo (o vagueza, o diletantismo) aprovechan las bondades de la red para descargarse una serie en lugar de leerse un buen libro? Si es así, felicidades, es usted un seguidor de la cultura ya masticada y digerida. Como a mí me sucede, el ocio domina su vida.

   Pero ya que optamos por el camino fácil, no quisiera dejar de lado algunas recomendaciones más o menos encaminadas. ¿Pues sabe usted ya cuales series quiere que copen su ancho de banda mientras se van descargando, en versión pirata, por supuesto? Permítame meter mano en esta ardua decisión, pues hay multitud de opciones, así que quiero recomendarle algunas de las series que poca gente ve. Olvídese de Prison Break, Heroes o Lost, y prepárese para, si lo juzga oportuno, ver alguna serie que no pueda comentar a la hora del cruasán con su compañero de turno. ¿Le gustó la cháchara del Dr. House? Me parece fantástico: usaré la misantropía como hilo para unir mis recomendaciones, que serán tres. Una serie actual, otra reciente, y otra antigua. En otra ocasión le recomendaré otras con otro criterio. Puede que incluso algún día le recomiende mis favoritas.

Actual: Californication. Aquí debería recomendar Studio 60: On the Sunset Strip, protagonizada por el ex-Friend Matthew Perry en un excelente papel. Pero, como es habitual, la calidad fue castigada por la audiencia y la serie se canceló definitivamente hace un par de meses. Así que optaremos por la creación de los que copiaron el título del disco de los Calientes Pimientos Rojos Picantes. Aquí, los productores decidieron que David Duchovny daba el pego para dejar de buscar el bulo ahí fuera y centrarse en el papel de Hank, un escritor en crisis creativa, tan cínico como con voluntad suficiente para odiar a todo el que le rodee salvo, como es natural, el bello sexo, casi siempre objeto. Decididamente, hay series mejores, y muchísimas series peores, pero Californication se deja ver, el guión se basa en los diálogos, lo que siempre se agradece, y el argumento está bien montado. ¿No le convence, caballero? Se ven tetas, muchas tetas, cantidad de tetas, e incluso una monja ofrece sexo oral a Duchovny en la Iglesia. Vale, todo esto es secundario, pero apuesto que la mayoría ya empezáis a correr para buscarla y descargárosla. Va por su primera temporada y, por el momento, cinco capítulos. 

Reciente: Black Books. En internet hay demasiados geeks: The IT Crowd se está convirtiendo (con justicia) en una de las grandes sensaciones. Pero lo que pocos saben es que no es la primera serie de humor que los ingleses saben hacer admirablemente. Antes del departamento de IT, los británicos crearon la librería de Bernard Black. ¿Y quién es  Bernard?  Un encantador hijo-de-la-gran-puta, un odioso misántropo con todas sus letras, cuya única preocupación será algún libro, un cigarrillo y un vaso de vino, nunca un ser humano, sin más vida social más allá de la librería de viejo que regenta. A fin de cuentas, lo que haya más allá, ¿qué le importa? Sucio, borracho, maloliente y malhablado, Bernard es posiblemente el personaje con el que más se cariñosamente puede uno identificarse. ¿Quién  de entre nosotros no ha odiado a la humanidad? Black Books es una sitcom de apenas 25 minutos, tan desternillante como puede llegar a serlo The IT Crowd. Son tres temporadas de seis capítulos, lo que hace posible verlas del tirón en la que serán unas de las veladas jamás mejor aprovechadas.

Antigua: Yo Claudio. De acuerdo, si antes hablé de Hank y Bernard, Yo Claudio, la serie basada en las novelas homónimas de Robert Graves, no cuenta realmente con ningún personaje misántropo, propiamente dicho, entre sus filas. Pero es aún mejor: le convertirá a usted mismo en un misántropo. A otro camino no puede conducir la descarnada presentación de la enferma sociedad romana que se muestra, con el cojo, tartamudo e imbécil Claudio como hilo conductor. Y de paso, usted puede aprovechar y ver una serie verdaderamente de categoría. Merece la pena, créame. Por cierto, es otra serie británica. ¿Coincidencia? Tal vez, también en la televisión británica disfrutaron del fantástico Flying Circus orquestado por los Monty Phyton.

   En cualquier caso, le aviso de que siempre es mejor un buen libro que una buena serie. Si yo veo series (lo que me permite, incauto lector, hablarle desde el conocimiento), no me lo tenga mucho en cuenta: los curas llevan tiempo insistiendo en que lo importante es lo que dicen y no lo que hacen, y mal no les va. Y, por supuesto, ya que el tema del día es la bendita misantropía, me alegrará, entre tantos libros (hay algún iluminado que sospecha que, salve Dios, hay incluso más libros que series) recomendarle Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautrèamont. Y quiero recomendárselo especialmente a los góticos, tan simpáticos que son leyendo a Nietzsche, Baudelaire y Lovecraft (siempre los mismos, ¿tienen un libro de ideario, al modo de un libro de estilo?), y tan profundos. Aunque alguno rice el rizo y sea todavía capaz de adentrarse en el aún más épico y trascendental mundo de Anne Rice, sobrando todo lo demás.

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