Drutz

5 Septiembre, 2008

La crónica de la derrota: Los girasoles ciegos

Categoría: Literatura, Crítica - artdyl @ 10:32 am

   El panorama literario actual es tan amplio como raquítico. Hay más lectores que nunca al mismo tiempo que disfrutamos de más ocio que nunca. Desde que entró con la transición española la sociedad de bienestar en la que estamos inmersos, el mercado editorial no ha hecho más que crecer con y para el amplio contingente de voraces (y veloces) lectores que demandan un tipo de lectura rápida y digerible. Los lectores de metro y de playa y piscina son mayoría, y con ellos, las estanterías de las librerías. O, mejor dicho, de las grandes superficies como el Corte Inglés y la FNAC.

   No es algo negativo para literatura. Ésta pervive junto a los best-sellers, en ocasiones en buena comunión (pensemos en Eduardo Mendoza, por poner un ejemplo). Los cambios que la propia realidad externa ha traído sobre la literatura y la novela, particularmente, son tan válidos como los que van de una época a otra. Terminó la novela social, también la novela experimental. Juan Goytisolo puede dedicarse al ensayo: Señas de identidad no es tan pertinente ahora como pudo serlo en una época que necesitaba y buscaba transformación. Ahora, divertir al público es esencial, y con estas premisas hemos asistido a una progresiva vuelta a la narratividad, al placer de contar una historia, al descubrimiento de unos personajes que nos interesan por lo que son y lo que hacen, y no por lo que reflejan, como con aquellos sufridos personajes colectivos de las novelas del realismo crítico (esa Colmena que todos tragamos en el instituto). Sin la transición y la nueva cultura del ocio, jamás hubieran venido novelas como El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina o Dos mujeres en Praga, de Juan José Millás. Ambas ejemplifican bien la tendencia de las últimas décadas: novelas de metro, de lectura amable, sin renunciar al cuidado del lector. La parte literaria vendrá dada por la mejor o peor administración de los recursos. La de Antonio Muñoz Molina es una gran novela, imprescindible, mientras que la de Juan José Millás es una obra insulsa y bastante sobrevalorada, beneficiada por un público medio, que no es inculto pero tampoco dotado de un criterio sobresaliente, incapaz de diferenciar entre ambos. Pero es ese público mayoritario la porción más jugosa para editores y escritores.

   Del mercado más marginal, mejor no hablar. Sobre la literatura más audaz y minoritaria predomina la basura más pretenciosa y ombliguista. Su tendencia natural es morir, ajenos a la industria del libro, salvo en el círculo de amigos y coleguillas que se dedican al autobombo.

   La calidad media del momento es esa: una calidad media que trata de ajustarse al tipo del lector moderno. Por arriba, como el caso mentado de Muñoz Molina, o por abajo, como en el caso de Juan José Millás. La pena es que hay mucha ficción puramente mercantilista, con valores literarios escasos o directamente nulos: lo más vendido ahora es Zafón, un artesano del best-seller, que además lo hace de maravilla, pero cuyas novelas aportan absolutamente cero al panorama literario. El caso contrario, el libro que se ajuste al juego del mercado y que verdaderamente aporte, sin pasar de ser una obra simplemente meritoria como las de la mayoría de grandes novelistas de ahora, nos arrastra una nómina tremendamente exigua de obras con mayúsculas.

   Alberto Méndez y su libro, Los girasoles ciegos, es una excepción fascinante. Méndez murió hace casi cuatro años, a la edad de 63. Su obra, su única obra, se publicó hace tres. Ganó el Premio Nacional de la Crítica, algunos más, y poco a poco, y tras un arranque casi clandestino, ha conseguido hacerse a través del boca a boca con un éxito extraordinario y continuas reediciones. A Alberto le hubiera gustado ver el éxito que le destinaba a su tardío, y único, retoño.

      Los girasoles ciegos es un libro que "va" de la Guerra Civil, como tantos otros. Al igual que tantos otros, ha pasado de la condena del franquismo que se plasmaba en las primeras novelas de esa temática durante los primeros años de la Guerra Civil hasta el puro registro, tan intimista como poco condescendiente, que se centra a explorar las repercusiones que el enfrentamiento fratricida y la larga posguerra depositaron en nuestras memorias tanto colectivas como individuales. Los girasoles ciegos es un libro duro. Son cuatro relatos, los cuatro marcados con el epígrafe de "derrotas". Primera derrota, Segunda derrota, Tercera Derrota y Cuarta derrota. Cada una de ellas es una historia de infamia y desolación en un país de cimientos revueltos. Un capitán nacional que, poco antes de la rendición de Madrid, se rendirá él mismo a los republicanos, preso del sinsentido de la guerra. Un joven que ha de huir con su mujer embarazada, hasta que ella muere en el parto, dejando al joven solo con su hijo recién nacido en una cueva perdida, donde la supervivencia ofrece su cara más dura.  Un soldado republicano capturado por las tropas fascistas que, para retrasar su ejecución, miente ante su juez, narrando la falsa heroicidad de uno de sus compañeros, hijo del que ha de dictarle sentencia. Y por último, la historia de un republicano escondido en su casa, que tiene que asistir impotente a los sucesivos intentos de seducción de su mujer por parte de un lujurioso diácono.

      El segundo de los relatos posee quizás las páginas más bellas y sobrecogedoras que se han escrito en los últimos tiempos. A modo de diario, que nos desnuda con crudeza la intimidad del protagonista, asistimos a su creciente desolación, a la tremenda carga que el supone el cuidado de un hijo sobre el que no deposita esperanzas de ningún tipo y ante el que no tiene medios para ofrecerle una mínima atención. Sin embargo, la verdadera catarsis nos la ofrece la prosa del autor, llena de sensibilidad, permitiéndonos descargar un caudal de emociones y sentimientos enconados como pocos libros han sido capaces de conseguir. 

   Pese a su apariencia de libro de relatos en parte aislados, con la temática del fin de la Guerra y de los derrotados como único punto de unión, en principio, impresión que se acentúa en cuanto se observa la diferente factura estilística con la que se discurre en cada una de las cuatro partes, Alberto Méndez ofrece su mayor rasgo de maestría cuando observamos que consigue una unidad perfecta, en la que cada parte es imprescindible para aprehender el todo. Una velada red de referencias relacionan las historias entre sí, de modo que cada una de ellas amplía y matiza al resto. Con la conocida técnica del contrapunto, la misma de Huxley o Dos Passos que popularizaran luego los hispanoamericanos del Boom , el libro se mueve a distintos niveles de significado, enriquecidos en su contraste sucesivo, y que el lector ha de ir tejiendo por su cuenta para extraerle al libro todo el jugo que atesora. 

   Al fin, lo que permanece es una de las historias más impresionantes que se han escrito jamás sobre el conflicto español (o cualquier conflicto). Pero, sobre todo, nos deja una historia tremendamente intimista, de un lirismo exacerbado, donde las historias individuales escriben una crónica sobre la dignidad del hombre, sobre la redención y sobre la desoladora carga de la miseria.

   Pero, sobre todo, un libro de una belleza apabullante.

   No tengo intenciones de ver la película: si es mala, contaminaría mis recuerdos del libro; aun si es buena, seguramente la tremenda calidad del libro deje, para el que se adentró en sus páginas, un poso de "quiero y no puedo" en el filme. 

 

6 Abril, 2008

Los combates cotidianos

Categoría: Estupidez humana, Frikismo, Crítica, Comics - artdyl @ 1:23 am

   Mis queridos, esta será la segunda vez que os recomiende un cómic. Literatura gráfica, underground, todavía demasiado lejos de lo que es capaz su hermana mayor, la Literatura, bastante por debajo de ella en mis preferencias, y por debajo del cine, de la música. Del arte no. Últimamente es demasiado elitista y enfocado al refocile onanista de los pedantes. Y sin embargo, hoy os recomiendo de nuevo un cómic. 

   Tiene sentido. Bastante harto estoy ya  del friki estándar, el ingenuo interesado por la cultura incapaz de salirse de sus moldes y que disfruta como un niño con el superhéroe Spiderman o con el manga Death Note. Si se trata de un narutard, directamente nos invita amablemente a pegarle un tiro. ¿Es que acaso se puede ser un apasionado de Poe y encontrar como lo más divertido del mundo a Karekano? Algunos energúmenos están empeñados en demostrarlo.

   Por favor, si tienes un mínimo de interés por la cultura y eres apasionado del cómic no dejes pasar, bajo ningún concepto Blankets, o Paracuellos, o El almanaque de mi padre, si eres un otaku recalcitrante. Pero déjate ya de ser absorbido únicamente con adolescentadas. Están bien para entretenerse, sí, pero no sólo por ellas. Aunque tengan calidad como la tienen algún puñado escaso de obras. Spiderman, sin ir más lejos y por mentar una de las mentadas.

 

   ¿Qué quiero recomendarte? Mi último descubrimiento, Los combates cotidianos del francés Manu Larcenet. De nuevo, una historia que se basa en la sencillez alejada de lo grandilocuente, centrada en la mirada tan desapegada como penetrante a la intimidad del protagonista. Él es un fotógrafo de guerra en crisis creativa y de trabajo, que decide retirarse a la campiña gabacha. ¿Algo más? Poco: encuentros con el hermano, con los padres, con un viejo amable (al modo de moderno vavasor como el que acompañara a Perceval en su Queste, por soltar alguna culturetada), y con la inevitable chica con la que establecerá la relación (lo siento, sin pornografía, sin erotismo quand même). Pero son el ritmo narrativo y la perspectiva -tremendamente acrisolada- con la que el autor nos va introduciendo los pequeños detalles que conforman la personalidad y la esencia de nuestro protagonista, los dos elementos que se adueñan con justicia del discurso, creando una obra redonda, minuciosa y cuidada, en las antípodas del habitual cómic de superhéroes americanos y colegiales folladores del japón. Muy, pero muy recomendable, en definitiva. Para onanizarse con calidad. ¿El dibujo? Sencillo, pero al mismo tiempo muy efectivo para recoger los constantes vaivenes y pasos de la narración.

   El cómic lo publica Norma Editorial, y justo es darle los euros que pidan pues el cómic lo merece. Hay, sin embargo, algunos desaprensivos que tecleando palabras como "vagos", "combates" y "cotidianos" en google, las tres juntitas, se saltan a la torera el sudor del autor y son capaces de descargarse impunemente por descarga directa los volúmenes, gracias a que los encuentran en el primer resultado. Esos cabrones merecen la horca. Tampoco estaría mal que les cortaran las pelotas. 

6 Diciembre, 2007

Un Charlot agridulce

Categoría: Cine / Tv, Crítica - artdyl @ 8:55 am

Nota: hace poco volví a ver Tiempos Modernos, de Charlie Chaplin, y como la primera vez volví a maravillarme. Me ha parecido una buena oportunidad para recuperar una de las entradas de mi primera aventura blogosférica, La copa y la lanza, sobre todo una vez que compruebo con agrado que aún suscribo plenamente lo que ya dije entonces. Todo vuestro.

    Anoche tuve ocasión de volver a ver Tiempos modernos (Modern times, 1936) gracias a La2. No hace mucho tiempo, TCM había ya dedicado un mes a Charlie Chaplin, donde disfruté de joyitas como El chico (The kid, 1931) , Vida de perro (A dog’s life, 1918) o La quimera del oro (The gold rush, 1925).

   Chaplin es indiscutiblemente un mago de la comedia. No entraré a discutir si fue mejor o peor que Buster Keaton o cualquier otro que me podáis poner por delante. Mi fascinación por la figura de Chaplin (especialmente por Charlot, el adorable vagabundo que creó) trasciende con mucho los límites de un género. Siempre me lo he preguntado: ¿Chaplin hacía comedia? No. Hacía algo más. Pura excelencia visual. Entra por los ojos y, permitidme la odiosa cursilería, llega hasta el corazón.

   En realidad, cuando veo una de sus películas experimento multitud de sensaciones, además de enconadas, encontradas. Son películas graciosas, sí, pero tristes, agridulces. Tiernas, pero también llenas de desesperanza. La fractura se produce en la solidaridad de dos planos no siempre antagónicos: cómo nos cuenta la historia, qué cuenta la historia.

   En Tiempos modernos Chaplin retoma su personaje favorito, Charlot, el vagabundo. Él es un trabajador de una fábrica donde le explotan y donde no es más que una máquina más, o un apéndice de ella, terminando por enloquecer y crear allí el caos. Es despedido. Ya en la calle, al recoger una bandera caída de una furgoneta es confundido con el líder de una manifestación comunista y acaba en la cárcel. Liberado, Charlot idea una serie de delitos frustrados para volver a la jaula. Estima mejor la vida sin libertad a la dureza de la calle. Allí conoce a una muchacha, interpretada por Paulette Goddard (¿nadie ha notado el asombroso parecido de Courteney Cox con ella?), con la que vivirá muchos sinsabores y alguna pequeña alegría. Tras lograr un pequeño trabajo como camarero, volverá a ser despedido. El final de la película, con el vagabundo y su pareja caminando hacia horizonte, tras concluir Charlot que la vida ya no será tan dura si se tienen el uno al otro, deja un final abierto para el espectador.

   Un "qué" bastante duro, ¿verdad? El "cómo" es el que provoca la risa. Consiste en la multitud de absurdas y delirantes situaciones que se suceden. ¿Cómo no acordarnos del Charlot mecanizado que enrosca cada objeto susceptible ajustarse en su llave, incluyendo las narices de los compañeros de trabajo, o la canción que improvisa, al no acordarse de la letra, en varios idiomas? La ternura también es omnipresente en la película. Hay dos escenas paralelas que la ejemplifican con rotundidad. En la primera, Charlot y la muchacha, huidos de la policía, observan a una pareja en su casa. Ensoñados, se contemplan el uno al otro e imaginan una vida feliz juntos, entre cuatro paredes y con techo. La mirada que el vagabundo dedica a su nueva amiga es tremendamente emotiva. En la segunda, la muchacha ha encontrado una casa donde vivir juntos y se la enseña a su amigo. Está vieja, con techos y vigas que se caen y muebles que apenas aguantan peso. Charlot, sin embargo, no pone ninguna pega. Por el contrario, se muestra ilusionado. Del mismo modo, contentos, dueños de una felicidad efímera pero que está sucediendo en ese mismo instante, se disponen a comer. El resultado es especialmente conmovedor. La escena reabre la confianza en el ser humano, y deja en el aire la idea de que sólo la compañía y el disfrutar de las pequeñas cosas traen el sentido de la vida. Hay que ser conformista.

   Y precisamente a través de este rasgo se entromete la desesperanza en el cine de Chaplin. El conformismo, en el fondo, es una idea peligrosa. Lo que nos dice Tiempos modernos (Y El chico y casi todas las demás) es que es imposible cambiar lo que está fuera de nosotros. La sociedad es y seguirá siendo, por definición, un ente malvado. La redención sólo es posible en un ámbito privado. No hemos de luchar: estamos condenados al fracaso desde el principio. Sólo tenemos la ayuda del que efectivamente se halla a nuestro lado, y hacia él nos hemos de volver.

   Chaplin, en definitiva, atrapa como nadie la maravillosidad de la persona. Pero nunca nadie retrató tan crudamente al ser humano. El cóctel de drama y comedia, bien agitado, es demoledor.

20 Noviembre, 2007

Blankets

Categoría: Crítica, Comics - artdyl @ 10:41 am

   Tradicionalmente el comic ha sido considerado, dentro de las categorías del arte, un género menor. Disfruta especialmente con la consideración de underground, que suena más chic. En realidad, en casi un noventa por ciento de los casos, ni siquiera merece la consideración de arte menor. Y si hablamos del manga, con esas obritas que tanto apasionan los ridículos otakus neogóticos quinceañeros de veintipocos años, supongo que en la consideración de arte apenas llegarán al uno o dos por ciento. Aunque hay excepciones, claro (pienso, por ejemplo, en Jiro Taniguchi, grandísimo autor al que me imagino que habrán leído uno o dos de los mil y pico que van a los salones del manga) (compárese la escueta wikipédica y atrás enlazada entrada de Jiro con la correspondiente a un manga bajuno-comercial al estilo de Naruto, donde cada personaje y chorrada goza de su correspondiente enlace azulito, es decir creado).

   Claro que el buen cómic, por norma general, se encuentra en Europa y, de cuando en cuando, en Norteamérica, especialmente cuando no trata de superhéroes o sucedáneos (no os lo toméis como un dogma, simplemente lo afirmo en base de que no conozco los cómics más allá de Europa, Norteamérica y Jápón). En ese territorio puedes llegar a encontrar obras maestras que, en ciertos casos, superan el membrete de género menor. Es el caso de Blankets, de Craig Thompson, un estupendo autor oriundo de Michigan, EEUU.

 

   Antes de hablar de Blankets, repasemos en las limitaciones del comic: ni es un formato lo suficientemente denso como para ofrecer la consistencia y profundidad narrativa de la literatura, ni sus trazos son lo suficientemente regodeados como para compararse a la arrolladora presencia pictórica del cuadro. Pero bien combinados son capaces de crear una historia, buenas historias, dentro de las herramientas que se disponen. Novelas gráficas, la historia narrada a través de imágenes y palabras. No se diferencia mucho del cine, donde el buen guión es crucial, y la puesta en escena de todos los elementos por parte del director termina de engastar la joya en el colgante (que diría Dámaso Alonso si hablara de cómics). En ese sentido, Craig Thompson es un contador de historias sublime.

    Blankets es la historia de un primer amor. Autobiográfica, además. No hay mucho más allá que ver la lenta y progresiva maduración del protagonista (se llama Craig, ¡cómo no!), la profundización en la relación que mantiene con Raina, la chica de la que se enamora, sazonado con la observación de su propio entorno, observación serena aunque obviamente crucial e intensa, donde la relación con su hermano Phil, así como el abiente religioso de su hogar están en primer plano, o la observación del hogar de Raina cuando pasa allí dos semanas, observación más distante pero que ofrece un bien medido contrapeso, pese a sus similitudes. Todo está narrado de manera tranquila, sin apasionamiento, pero con una gran profundidad alcanzada gracias a la sabia disposición de todos los elementos que van formando la historia de Craig. Y en el centro de todo, magníficamente enmarcado, ese primer amor.

   Dos son los grandes aciertos de esta novela gráfica: la delicadeza y la sugerencia. Y expresamente unida a ellas, la potentísima identificación que somos capaces de establecer con los protagonistas, llenos de aristas pero sin estridencias, tremendamente reales. Típico es acudir a un lugar común mientras se lee y pensar en una frase tópica al estilo de "como la vida misma", pero que define a la perfección la historia de la novela. Y es comedida, pero sobre todo, poética. El dibujo de Craig Thompson enamora y acompaña como un guante la narración, dejándonos extasiados desde el principio hasta un final que, pese a llegar de manera abrupta, quizás extraño, sin desenlace o con un desenlace muy estirado, no nos sorprende. Es como la vida misma.

    Este género underground, menor, tan propicio a las bazofias, tiene la suerte de contar con una de las más tiernas (y en absoluto sensibleras) representaciones del primer amor que jamás he disfrutado en el arte, discutiendo ese encajonamiento al que está sometido el tebeo. Me ha hecho soñar y emocionarme. Que es mucho.

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