La cultura catalana
El conflicto nacionalista en Cataluña es algo que me entristece sobremanera. El nacionalismo catalán, en sus líneas, es algo que me parece alentado por el mayor de los egoísmos. Y paradójicamente, esta visión que puede considerarse negativa nace del amor que tengo por la cultura catalana. Aunque nací en Cáceres, viví mis cinco primeros añitos de vida en Gavá, junto a Barcelona, antes de mudarme a Cádiz. Si no basta para tener mis sentimientos catalanistas, los autores catalanes han sido, además, una parte importante dentro de mi formación, desde el divertido Santiago Rusiñol, hasta Quim Monzó, pasando por Jaime Gil de Biedma o los Goytisolo (sobre todo Juan y José Agustín, mientras estoy en camino de leer más atentamente a Luis). Especialmente en la segunda mitad del siglo XX y hasta ahora, la literatura catalana es de una calidad encomiable. Siendo español, amo Cataluña, su cultura, y el pan tumaca (aunque sobre todo en la variante andaluza, con los riquísimos molletes de Antequera).
Cuando los nacionalistas catalanes, cuya actual prosperidad fue favorecida por el desarrollo que el Régimen alentó en Cataluña como contraprestación por la opresión cultural sufrida, atacan a España y manifiestan firmente su voluntad de desmarcarse de lo español, siento que egoísticamente me están robando algo. Política y económicamente, pues Extremadura (mi tierra natal) sufrió la diferente administración de los recursos industriales del Régimen, dando como injusto resultado una atonomía más pobre y otra más rica. Pero sobre todo culturalmente: a fin de cuentas, la cultura catalana es parte de mi cultura y mi bagage particular, el de un español contento y orgulloso de serlo. Y hablando de egoísmos y robos, aún podría hablarse del Estatut y los Països Catalans…
En fin, el nacionalismo catalán quiere robarme todo lo que la cultura catalana me ha dado, diciendo que es algo que no tiene nada que ver con España. Por todo esto, nunca estaré de acuerdo con la política del Institut Ramon Llull. Estos días se celebra la Feria del Libro de Franckfort, donde la invitada de honor es la cultura catalana. La polémica está servida, debido al conflicto entre escritores en lengua catalana y los que habitualmente lo hacen en castellano, con los que la política del Institut (exclusiva con le lengua) ha motivado que se borren de la lista de invitados. Gracias a ello, la representación estará mutilada. Ya no sólo tratan de dañar al resto de España, sino que además se tiran piedras a sí mismos por demostrar que son algo aparte.
Todos estos problemas derivan del intento de mostrar la absoluta separación entre dos entidades que, mal que les pese, están demasiado íntimamente interrelacionados: Cataluña y España. Es imposible hacer una separación sin desmembrarlos a ambos. La cultura española siempre ha bebido de la cultura catalana, y viceversa, salvo los habituales flipados de turno al estilo J.V. Foix, cuyos manifiestos literarios (y salvando su propia producción literaria) es un crimen que se enseñe en las escuelas teniendo en cuenta de que es el paradigma de cómo la ideología política contamina fatalmente la valoración literaria.
Es lamentable. Los que siguen la órbita del Institut Ramon Llull, además de discriminar lo que no comulga con su catalanismo excluyente, realizan la sistemática apropiación de lo que no les pertenece, en la línea de los Països Catalans. Algo a lo que el nacionalismo catalán está acostumbrado. El autor que les da nombre, Ramon Llull, escribe en catalán, pero no era catalán, ni pertenece a la cultura catalana. Ramon Llull, el primer grande de la literatura en catalán, cuya lectura recomiendo al que esté dispuesto a sortear la dificultad de los más de siete siglos que lo alejan de la mentalidad moderna, era mallorquín y sirvió a Jaime I (de Aragón) y a Jaime II (de Mallorca), además de moverse también por París, el Norte de África o Pisa. No estuvo demasiado tiempo en los lugares donde campea el nacionalismo catalán. En las Baleares, para más inri, los partidos que apoyan la constitución de los Països Catalanes no llegan al uno por ciento de los sufragios. Así que los mallorquines, que se juzgan a sí mismos españoles (a pesar de todos los alemanes) tienen más derecho sobre Ramon Llull que esa panda de rateros. Encima, los otros dos grandes autores que dieron entidad a la lengua catalana tampoco les pertenecen: Ausiàs March era valenciano, de Gandía, es decir, español, y Jeanot Martorell (el del Tirant Lo Blanc) también era de Gandía, luego establecido en Valencia. Otro español de pura cepa. Porque el catalán también pertenece al acerbo cultural español en la misma manera que el castellano le pertenece a Cataluña (y con él, autores tan grandes como los que han dejado fuera de la lista en la Feria de Franckfurt). No es lo mismo literatura en catalán (lengua) que la literatura o cultura catalana (de Cataluña).
Es triste, pero me veo obligado a archivar esto en la categoría de "Estupidez Humana".
