Drutz

25 Enero, 2008

Memoria contaminada

Categoría: Personal - artdyl @ 12:59 pm

   En mi primer año en Sevilla, recién nacido a la vida universitaria, me uní a un grupo de voluntarios de ANDEX (Asociación de padres de niños oncológicos de Andalucía). Básicamente, me dediqué a ir todos las tardes de los Jueves dentro de un grupo de voluntarios a la planta de oncología del hospital sevillano Virgen del Rocío. ¿El objetivo? Jugar con los niños que allí se encontraran internados para recibir la quimioterapia y demás atenciones necesarias.
 
Recuerdo bien cómo conocí ANDEX. En la Facultad de Química, donde realizaba una asignatura de prácticas, había un cartel ofreciendo ventajosos abonos para el (entonces) Caja San Fernando de baloncesto. Gran aficionado al baloncesto como soy, me detuve un buen rato observando aquel cartelito (un simple folio en un tablón de anuncios), considerando los pros y los contras. Pero al final el que me llamó la atención fue uno, un poco más discreto, situado junto a él. Era de ANDEX y buscaba jóvenes con ganas de hacer un voluntariado alegrando la vida a aquellos niños. Terminé yendo allí, aunque más por socializar con gente que no tuviera que ver con mi carrera o mi colegio mayor que por puro afán filantrópico de voluntariado. De hecho, tiempo después y ya metido en el grupo, eran ineludibles las cervecitas con el resto de voluntarios una vez terminados los juegos en el hospital. Justo lo que pensaba.
 
Pese a todo, la experiencia de compartir un curso y la mitad del siguiente con los niños es algo que deja huella en la personalidad y el conjunto de experiencias que poco a poco (tenía 18 y 19 años entonces) van modelando esa personalidad. Fue una experiencia, en todos los sentidos, tan rica como apabullante. Y recuerdo bien cómo se desarrollaban aquellas tardes. A mi me costaba más entrarle a los niños. Las veces que me hablaban y no les entendía me dejaba cierta inseguridad, sobre todo al ver cómo el resto de mis compañeros mostraban un desparpajo encomiable, ganándose a los chicos desde el primer momento. La mecánica era tan simple como entrar en cualquier habitación y preguntarle al niño que hubiera si le apetecía jugar a algo. Pero para ello había que romper el hielo. A mi me costaba un poco más. Pero lo conseguía, aunque fuera sólo con dos o tres de los chicos que estuvieran allí aquella tarde. Tenía, además, una gran baza: en mi colegio teníamos entre los estudiantes a un mago profesional, que por las circustancias accedió a enseñarme un buen repertorio de buenos trucos además de prestarme un par de buenos libros de cartomagia. Me encantaba ver las caras de sorpresa en los niños, y la invariable convesación que seguía siempre, intentando ellos hacer el truco, buscando la trampa, pero no, como les decía: "es magia, no hay trampa ni cartón". Fueron unas tardes bastante buenas.
 
Pese a todo lo que estoy contando, el recuerdo no es exactamente igual a como lo viví. Quizás os estáis preguntando, ¿en qué estado estaban aquellos niños? Esa era, precisamente, la pregunta que logré no hacerme aquellas tardes pero que ahora no puedo esquivar. Cuando veía a todos sin cabello, a tantos, en ropa de hospital, al final lo veía normal y termina siendo lo que realmente es: unos cuantos de niños con ganas de jugar. El sistema estaba, además, montado para ello: había seis o siete grupos, cada uno de ellos con un día asignado. Era difícil ver quién estaba allí todos los días, quién iba por algo puntual y, más importante, quién ya no estaba allí. Fuera del hospital, no había contacto alguno. No había una implicación personal que podría ser demasiado dura. Podíamos ir allí y simplemente limitarnos a jugar. 
 
Ahora, años después, la memoria traiciona. Ya no me centro única y exclusivamente en qué jugué o cómo jugué aquellas tardes. La cabeza, traicionera, me trae a la mente una y otra vez la perspectiva desde la enfermedad y no desde el juego. ¿Qué fue de aquellos niños? ¿Cuántos de ellos con los que jugué una o más de una tarde y no vi a la semana siguiente tuvieron un desenlance fatal? Me gustaría recordarlos tal y como los veía entonces: unos niños con ganas de jugar, más estando en un lugar tan aséptico como el hospital, donde unos eran más alegres, otros más caprichosos, otros con una inventiva tremenda, y todos, en definitiva, niños. Pero la memoria no es tan complaciente.
 
Aún quedan estupendas memorias. Me acuerdo en el grupo de Marisa, de Marta, de Fran, a los que seguí viendo estando aún en Sevilla pero con los que ya perdí el contacto. De la única que sé algo es de Ana, aunque ella no sabe de mí. Es lógico: si sé como le va la vida es porque ahora es actriz en Cámara Café.
 
Y de todos los pequeñajos que tan bien me lo hicieron pasar, me acuerdo sobre todo de uno de los niños: si la memoria no me traiciona, se llamaba Emilio. Fue una de las mejores tardes y, creo, uno de los niños que más se encariñó conmigo. También el único al que he visto fuera de allí.  Volvía a San Fernando y lo vi en el tren, con su madre, al Puerto. Le guiñé un ojo y el me saludó con la mano y una gran sonrisa. Me gusta pensar que no tuvo que volver más veces a la planta de oncología de Virgen del Rocío. Me gusta pensar que ha crecido, y hoy juega tremendo al fútbol. O al baloncesto, que lo disfruto más. 

11 Enero, 2008

Las cosas claras

Categoría: Estupidez humana - artdyl @ 1:41 pm

   Ni la segunda guerra mundial, ni la peste negra, ni la Inquisición, ni el genocidio de tantos pueblos indígenas americanos, ni el crecimiento de un fundamentalismo islámico listo para terroristear a sus anchas por Occidente y el resto del mundo, ni Darfur, ni la salida al ruedo de Paris Hilton, ni etcétera. Lo más terrible de estos últimos veinte siglos es el matrimonio homosexual. Martínez Camino dixit.
 

20 Diciembre, 2007

Paris, oh là là!

Categoría: Literatura, Curiosidades - artdyl @ 11:47 am

   Descubro una página sencillamente maravillosa, ParisAvant.com, una impresionante colección de fotografías parisinas duplicadas, la añeja y la contemporánea, el pasado y el presente aunados en un mismo golpe de vista.

   ¿Y sería realmente necesario hablar de París? Hay tantas maneras de hacerlo como miradas individuales que han paseado por sus calles. París monumental, París literario, París-embriaga, todo París, tu París, mi París. La ciudad que conocí por primera vez de niño, la misma a la que volveré, porque así ha de ser. Y el París de Rayuela, cortazariano, el que se visita entre sonidos de Jelly Roll Morton y aire con puchos argentinos. Pero, sobre todo, el París atemporal. Y no sólo de sensaciones, sino también la atemporalidad física, demostrada en esta colección de fotografías. La página de ParisAvant merece una visita detenida, de manera ordenada, exhaustiva, o vagamente diletante, poco a poco, según el ánimo del mirón. Hay material de sobra: 290 fotografías a fecha de hoy, y aún creciendo.

   Propongo, porque no podría ser menos, algunos de los escenarios de Rayuela presentes en esta magnífica colección. Va por todos los que conocimos a Cortázar y su París.

"¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine (…)" [1]

"(…) quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sébastopol (…) "[1]

"(…) No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él (…)" [6]

"(…) Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine (…)" [31]

"(…) nos encontraremos mágicamente en los sitios más extraños, como aquella noche en la Bastille, te acordás (…)" [20] 

"(…) espantosamente perdidos en su idilio público, metiéndose al final por la rue de Nevers, y entonces la Maga había dicho (…)" [36] 

"(…) Por la rue de Varennes entraron en la rue Vaneau. Lloviznaba, y la Maga se colgó todavía más del brazo de Oliveira (…)" [9] 

   ¿Y vosotros? ¿Encontráis más lugares bendecidos por la pluma del argentino? 

Adiós, Carl

Categoría: Sociedad - artdyl @ 9:36 am

   Hoy me he levantado con una de esas noticias que te ponen verdaderamente triste: el fallecimiento de Carl Sagan. Pocos como él divulgaron con tanto acierto la ciencia, además de promover un sano escepticismo a la hora de plantearse el cómo vemos el mundo a nuestro alrededor. En la memoria de todos permanecerán series como Cosmos o lecturas como El mundo y sus demonios.

   Requiescat in pace, maestro.

17 Diciembre, 2007

Nieves perpetuas

Categoría: Personal, Ficciones - artdyl @ 11:45 pm

Nota: El paciente lector se enfrenta a un texto de escritor-frustrado-primerizo. Será además y de largo, la entrada más extensa de este blog. Hoy, de cafés con un buen amigo, la conversación ha girado sobre Blancanieves y las reinterpretaciones posibles del cuento. Como uno de esos fogonazos de memoria, me vino a la mente un texto que escribiera hace ya bastante tiempo atrás, allá por el 2000 o el 2001. No puedo evitar releerlo sin sonrojarme pero, al mismo tiempo, por algún extraño motivo ese mismo releerlo me trae una tierna sonrisa al rostro. A fin de cuentas todo ser pretencioso ha experimentado sus devaneos con la idea de ser escritor y yo, desde luego, también sucumbí a los irreales cantos de sirena. Visto desde la distancia, posee todos los defectos que ya tenía en aquella época: excesiva oscuridad, un estilo atropellado y un evidente exceso de barroquismo, además de un alejamiento del tópico bastante escaso. Pero como quiera que me haya traído esa sonrisa, y que prometiera a mi amigo que le mostraría el texto, he escogido este canal para hacérselo llegar.

    “El odio es como una habitación de paredes fantasmales. El tiempo puede variar sus colores, incluso difuminar sus límites, hasta lograr cambiarlo por completo. Amor, obsesión, dicha… son innumerables los ropajes los que la pueden disfrazar” cuenta Manuel, mientras estira la espalda y se acomoda en el sofá. “Y también existe el proceso contrario”. Él y Antonio fuman en pipa, mientras agotan un domingo nacido del sábado noche. Hubo luna nueva, y en las calles de farolas rotas la oscuridad contrastaba en el tiempo con la claridad del mediodía dominical. Antonio baja las persianas.

    “El mundo al revés. Un príncipe malo, un pirata lleno de honradez, una bruja hermosa… incluso una madrastra buena. Increíblemente buena”. Antonio sonríe contemplando a Manuel. Anoche bebieron, pasearon de madrugada por calles completamente vacías, guiándose casi sordamente por el sonido de los bares lejanos, fumaron sin mesura. Manuel incluso se llevó a una chica a casa. Todo eso, y más, puede contemplar Antonio en el rostro de su amigo. “Cuatro paredes de fantasmas… sólo cuatro putas paredes fantasmales. Sólo eso”.

     “¿Recuerdas el cuento de Blancanieves?” pregunta Manuel. La madre de Blancanieves había decidido el nombre de su hija mucho antes de que naciera. Caía la nieve en aquel país de ensueño y ella cosía mientras lo contemplaba, protegida detrás del cristal. Y se apoyaba en el oscuro marco de ébano. Abría la ventana, deseosa de palpar la nieve y, distraída,  se pinchaba con la aguja. Una gota de sangre, intensamente roja, bailaba en la yema de su dedo, hasta caer entre la nieve… ella soñaba. Soñaba que tendría una hija, blanca como la nieve, de unos labios rojos, tan rojos como la sangre, y una larga cabellera oscura, como el marco de la ventana. “Blanca, lívida. También roja, coloreada de tragedia. Y negra, negra como la pez”. Cuando ha acabado la frase, Manuel calla, mirando la estantería, y se dirige a Antonio, aún levantado. “Allí hay un viejo tomo con cuentos de los hermanos Grimm. Acércamelo, por favor”. Tras buscarlo, Antonio se lo cede, solícito, y se sienta en el sillón, dejando la tele a su izquierda. Escucha atentamente a su amigo.

    Tras hojearlo un poco, Manuel deja escapar una ligera mueca de disgusto y abandona el libro encima de la mesa. “La madrastra de Blancanieves era hermosa. Increíblemente hermosa. Nadie en el reino hubiera puesto en duda que ninguna persona la superaba en hermosura” narra Manuel. En aquel reino, siempre con sol claro y reluciente en las horas del día, con luna llena durante la noche, la madre había muerto. Sólo la madrastra fue capaz de hacer olvidar a la madre. Se había ganado el corazón del rey, de sus súbditos. “Fíjate, la recién llegada, la madrastra-hermosa al fin sustituye a la madre-yonki que bautiza a su hija en su pinchazo más memorable”.

    Y todo era maravilloso mientras Blancanieves era pequeña, apenas una imagen infantil de lo que podía ser cuando los años pasaran. Todas las tardes, sin excepción, la madrastra se peinaba, mirándose frente al espejo. Situada frente a él, a la vez que se acicalaba, ella despegaba y movía sus labios. “Espejo de luna, espejo de estrella, dime en esta tierra ¿quién es la más bella?” Manuel provoca la sonrisa cómplice de Antonio al hacer la interpretación de la madrastra, “Y siempre, tarde tras tarde, fuera invierno, o verano, el espejo mágico devolvía la misma respuesta a la madrastra: Reina, tú eres la más bella de esta tierra”. En aquellas horas salía de sus aposentos y, mientras el rey se ocupaba de los asuntos de sus súbditos, acompañaba a Blancanieves a jugar al jardín. Reían, corriendo a esconderse tras los setos, o chapoteaban a los patos en el estanque, o bajaban en trineo durante el invierno.

     Por la noche, la segunda reina se reencontraba con el rey en la alcoba y se acariciaban largo tiempo. Eran noches de éxtasis, en las que el enamoramiento se fortalecía. “Eran los mejores momentos para ambos. Se miraban, con ternura, y siempre terminaban con lo que nunca cuentan los cuentos… sí, como conejos…” sigue contando Manuel, pero al poco rato permanece en silencio. “¿Qué pasó anoche con aquella chica?” le pregunta Antonio. “Nada. Se fue”.

    Suspira, y retoma la narración. “Así fueron todos los años, hasta que todo desapareció una tarde”. La madrastra había acudido al espejo como siempre. “Espejo de luna, espejo de estrella, dime en esta tierra, ¿quién es la más bella?” pero aquella vez el espejo no quiso responder y la madrastra insistió, extrañada. “Lo dije de ti, y lo digo de ella: ahora es Blancanieves la más bella” Manuel alarga las sílabas cuando imita la respuesta del espejo. Quiere reproducir la sombra que se cierne sobre el cristal. Con un golpe seco, la madrastra había hecho añicos el espejo. “Espejo de luna…”

    Pero la furia había durado poco. La tempestad había traído una calma hondamente reflexiva. Manuel continúa hablando: “de súbito, las paredes se habían coloreado. Eran blancas, blancas como un monte de nieves perpetuas. Se habían tornado negras. Y de pronto amanecían con un azul eléctrico. ¿Límites…? Apenas” Manuel parece abstraído, como si meditara. El tabaco de la pipa se ha consumido, y se dispone a cambiarlo. “El tiempo es tan volátil como este humo que comienza a salir de la pipa. Las volutas de humo describen trazos caóticos. Puedes alterar su recorrido dando un manotazo al aire. El humo parecerá huir hacia otros sitios, pero pronto seguirá la misma senda que antes, y siempre distinto, caótico. Así el tiempo, igual, distinto, caótico, que parece que se ríe cada vez que lo intentamos ahuyentar o atrapar”.

    Un día, el rey  había caído herido en una de las cacerías del ciervo. La madrastra nunca se lo dijo a Blancanieves. Ella, ingenua, salía todas las tardes a jugar con una enorme casita de muñecas, un regalo de su cumpleaños, tiempo atrás, inconsciente de que desatendía a su padre. Olvidado de su hija, el rey, extasiado, sólo contemplaba la belleza de la madrastra, y posaba sus manos en las de ella. Poco podía ya recordarle a su primera mujer. Se miraban quietos, en silencio. “Azul, azul eléctrico”.

    El rey había aprendido a disponer de su tiempo. Cada día pasaba menos ratos en los asuntos de palacio y se encontraba más con la madrastra para disfrutar del día y de la noche. El sol refulgía con frenesí amplificado en cada nueva aurora, y con cada atardecer aparecía, tímida, una luna que mostraba todo su esplendor a medianoche. Se cogían de la mano, y se dejaban acariciar lentamente, la yema del dedo corazón contra la palma de la mano. A su manera, también la ternura se deslizaba entre miradas sorprendidas y febriles. “El tiempo, enmascarado, envolvía a Blancanieves en un halo irreversible. Ya no era azul eléctrico. Era blanco, un blanco roto, como un sudario” define Manuel, acompañando de un dramatismo gestual sus palabras.

   Blancanieves sabía que el rey buscaba su compañía cada vez menos. El rey sabía que la madrastra lo quería más que su hija. La madrastra, simplemente, sabía…

   Manuel se gira, inquisitivo, hacia Antonio: “¿te acuerdas de David y de Pedro? Se pelearon aquella noche, sólo el diablo sabe porqué. Y desde entonces, Pedro comenzó a dejar caer comentarios sobre David… un mes después logró que todo el mundo estuviera en su contra. Y claro, tuvo que marcharse. Pobre David… ¿te acuerdas de ese mes que siguió? Nunca he visto a Pedro beber con tanta ansia, no tratando de ahogar las penas, sino todo lo contrario, feliz, totalmente feliz, como si con cada vaso que apurara arrastraba consigo cada milítiempo de esa felicidad, loco, dichoso, feliz…” a Manuel le cuesta terminar su frase hablando con claridad, pues tanto tabaco le ha secado la boca. Y parece pensar en la noche anterior, en alguna chica. Con ademán cansino, se endereza y se dirige a la cocina, donde se llena un vaso de agua. Vuelve al salón, junto a Antonio.

   “A Pedro las paredes se le habían tornado de un color muy extraño. El odio se había convertido en un gozo extraño, con su punto de crueldad. Y lo manifestaba en la bebida… sí, las paredes se habían pintado de amarillo whisky, del color de un maldito borracho feliz” y apostilla: “sinceramente, ahora no podría decir si ese amarillo era el azul eléctrico, o tal vez el blanco roto”. Manuel piensa que el rey puede ser para ella como la bebida a Pedro, su droga. Equivalencias. “Son… ¿como una habitación doble?” Manuel se niega con la cabeza, como un autómata que sólo se habla a sí mismo, y se hunde más en el sofá. Se está convenciendo de que terminará aburriendo a Antonio, y se decide a continuar su relato.

   A lo largo de los años, la riqueza del país decrecía. El rey, deseante de su esposa, descuidaba los asuntos reales, y se centraba en la madrastra, poseedora de una belleza a cada momento más mórbidamente intensa. Fuera de la sacralidad del lecho conyugal, en palacio, el bullicio de antaño se había perdido. Con menos medios para mantener la corte, se había reducido el personal. Incluso Blancanieves, alejada del favor de su padre, tenía encomendada tareas destinadas a las criadas. “Es el momento, Antonio: imagínate a la Blancanieves de Disney con ropa de criada, faldita corta, pelo enmarañado, y cierto descuido que la hagan tremendamente sexual. Una buena fantasía, ¿eh?” Manuel se lo piensa mejor “no, no es una fantasía. Blancanieves fue humana, y ocurre a veces que, cuando te falta afecto, lo buscas en otros lados. Y claro, nuestra madrastra era muy hermosa, pero también inteligente” y supo interpretar el paso a la madurez de su hijastra. Pronto tuvo en el castillo a los soldados adecuados, a los caballerizos adecuados, a todo hombre adecuado. Y se ganó la confianza de Blancanieves. “E hizo de ella una auténtica zorra” Antonio lo mira, sorprendido, y Manuel se apresura a rebatirse “pero eso sí, con muy buen corazón”. Levanta los dos brazos, con las palmas abiertas y los codos doblados, erguido el pecho hacia delante.

   Con la confianza ganada, la madrastra era cómplice de todos los escarceos de Blancanieves, y ya sólo esperaba el momento adecuado. Era el cumpleaños del rey. Se había organizado una suntuosa fiesta controlada hasta el último detalle por la madrastra. Jarrones llenos de rosas, gardenias, lirios y todas las flores hermosas del reino adornaban los salones de palacio, y en cada esquina un violinista envolvía el aire con notas enérgicas pero comedidas.

   Terminado todo de organizarse, la madrastra, agotada, se había dirigido a sus aposentos. Allí le esperaba una sorpresa. Su espejo, hecho añicos años atrás, se había reconstruido como por arte de magia. “Es lo que sucede en los cuentos”. Conteniendo con asombro la respiración, ella se acercaba y contemplaba su rostro. Piel tersa, suave y delicada. Abrió ligeramente los labios y se dibujó una sensual curva hacia el mentón. Sonreía satisfecha. “Espejo de luna…” Era el momento.

   Manuel continuaba su relato: “sólo había que buscar al cegato del rey, atraer su interés, y buscar cualquier motivo para atraerlo a las cuadras reales. ¿Qué haría cualquier mujer enamorada, egocéntrica y para colmo encabronada? Dejar que el rey sorprendiera a Blancanieves con cualquier sirviente de tres al cuarto, un caballerizo en este caso” Manuel paró, su amigo lo miraba, expectante. “Eso fue lo que ocurrió, y allí la desgracia de Blancanieves fue total. De princesa, a criada, forzada a irse con un caballerizo, sin el amor de su padre, sin corona, sin príncipe… y fin de la historia”.

   La madrastra se había contemplado en el espejo, incrédula ante tanta perfección: la perfección de la superficie especular, meticulosamente pulida y reflectante, cuando había estado hecha añicos. Y ante la perfección del reflejo… ella misma. Nunca volvió a preguntarle al espejo, pues en ese instante intuyó la respuesta. Y se limitó a sonreír, deleitándose con su propio rostro. Llevaría al rey a la cuadra ese mismo día. Y aumentó aún más su sonrisa, pura, virginal, de dientes tan blancos, tanto que parecía que las nieves perpetuas hubieran llegado a aquél país, anticipándose al invierno.

14 Diciembre, 2007

Pathos

Categoría: Frikismo, Ficciones - artdyl @ 2:56 pm

   Era desesperante. No bastaba con haber acudido con una camiseta y su cazadora vaquera favorita. Viendo las camisas de Toñi y de Andoni, sus impecables americanas de pana y, sobre todo, aquellas lustrosas bufandas de lana, que parecían tejidas punto a punto con el más meticuloso sentido de la elegancia, Manolo se sentía fuera de lugar. No bastaba con acudir al café más caro de la ciudad, con mesas de mármol y paredes con madera tallada, sino que además, ahora lo veía, era obligado hablar de forma extraña. ¿Porqué, si se hablaba de hipotecas y de economía se hablaba de patos? ¿No estaban bien en el parque? Y encima, ¿por qué lo pronunciaban como si fueran franceses, pató por aquí, pató y romanticismo por allá? ¿Hipotecas y existencialismo? ¿Y quiénes eran Jaideguer y Chopenjauer? Esperaba ansiosamente la frase "las hipotecas son así" para al menos convencerse de que hablaban de algo que conocía. Pero no, por lo visto aquellos alemanes (¿o eran catalanes?) decían cosas indescifrables.

   Era imposible tratar de sumarse a la conversación. Y Manolo lo intentaba, vaya si lo intentaba, tocando los hombros, riendo sin saber de qué, empezando frases rápidamente cortadas, pidiendo la palabra. Pero parecían optar por ignorarle, pobre nueva especie desconocida de apestado. Sólo tras varios intentos consiguió captar su atención, justo cuando ya lo hacía por inercia, justo cuando se daba cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que iba a decir. Haciendo memoria rápido, pensó que la última frase había sido en inglés. Tragó saliva. "¿Sabéis lo que se dijeron el jaguar y el zorro en la escuela de idiomas? ¿Jaguar you?, dijo el primero, y contestó el segundo: I’m zorry."

   No rieron lo más mínimo los condenados. Por el contrario, dijeron algo de los Montipaiton ("Montifiton", replicó el otro). Ya no importaba. Acababa de entrar una atractiva muchacha con carpeta roja en el café. Aquella noche, Manolo lo sabía bien, no dormiría solo.

Plantilla personalizada desde el original de Alex King
Consigue tu propio blog con Blogsome