Nota: El paciente lector se enfrenta a un texto de escritor-frustrado-primerizo. Será además y de largo, la entrada más extensa de este blog. Hoy, de cafés con un buen amigo, la conversación ha girado sobre Blancanieves y las reinterpretaciones posibles del cuento. Como uno de esos fogonazos de memoria, me vino a la mente un texto que escribiera hace ya bastante tiempo atrás, allá por el 2000 o el 2001. No puedo evitar releerlo sin sonrojarme pero, al mismo tiempo, por algún extraño motivo ese mismo releerlo me trae una tierna sonrisa al rostro. A fin de cuentas todo ser pretencioso ha experimentado sus devaneos con la idea de ser escritor y yo, desde luego, también sucumbí a los irreales cantos de sirena. Visto desde la distancia, posee todos los defectos que ya tenía en aquella época: excesiva oscuridad, un estilo atropellado y un evidente exceso de barroquismo, además de un alejamiento del tópico bastante escaso. Pero como quiera que me haya traído esa sonrisa, y que prometiera a mi amigo que le mostraría el texto, he escogido este canal para hacérselo llegar.
“El odio es como una habitación de paredes fantasmales. El tiempo puede variar sus colores, incluso difuminar sus límites, hasta lograr cambiarlo por completo. Amor, obsesión, dicha… son innumerables los ropajes los que la pueden disfrazar” cuenta Manuel, mientras estira la espalda y se acomoda en el sofá. “Y también existe el proceso contrario”. Él y Antonio fuman en pipa, mientras agotan un domingo nacido del sábado noche. Hubo luna nueva, y en las calles de farolas rotas la oscuridad contrastaba en el tiempo con la claridad del mediodía dominical. Antonio baja las persianas.
“El mundo al revés. Un príncipe malo, un pirata lleno de honradez, una bruja hermosa… incluso una madrastra buena. Increíblemente buena”. Antonio sonríe contemplando a Manuel. Anoche bebieron, pasearon de madrugada por calles completamente vacías, guiándose casi sordamente por el sonido de los bares lejanos, fumaron sin mesura. Manuel incluso se llevó a una chica a casa. Todo eso, y más, puede contemplar Antonio en el rostro de su amigo. “Cuatro paredes de fantasmas… sólo cuatro putas paredes fantasmales. Sólo eso”.
“¿Recuerdas el cuento de Blancanieves?” pregunta Manuel. La madre de Blancanieves había decidido el nombre de su hija mucho antes de que naciera. Caía la nieve en aquel país de ensueño y ella cosía mientras lo contemplaba, protegida detrás del cristal. Y se apoyaba en el oscuro marco de ébano. Abría la ventana, deseosa de palpar la nieve y, distraída, se pinchaba con la aguja. Una gota de sangre, intensamente roja, bailaba en la yema de su dedo, hasta caer entre la nieve… ella soñaba. Soñaba que tendría una hija, blanca como la nieve, de unos labios rojos, tan rojos como la sangre, y una larga cabellera oscura, como el marco de la ventana. “Blanca, lívida. También roja, coloreada de tragedia. Y negra, negra como la pez”. Cuando ha acabado la frase, Manuel calla, mirando la estantería, y se dirige a Antonio, aún levantado. “Allí hay un viejo tomo con cuentos de los hermanos Grimm. Acércamelo, por favor”. Tras buscarlo, Antonio se lo cede, solícito, y se sienta en el sillón, dejando la tele a su izquierda. Escucha atentamente a su amigo.
Tras hojearlo un poco, Manuel deja escapar una ligera mueca de disgusto y abandona el libro encima de la mesa. “La madrastra de Blancanieves era hermosa. Increíblemente hermosa. Nadie en el reino hubiera puesto en duda que ninguna persona la superaba en hermosura” narra Manuel. En aquel reino, siempre con sol claro y reluciente en las horas del día, con luna llena durante la noche, la madre había muerto. Sólo la madrastra fue capaz de hacer olvidar a la madre. Se había ganado el corazón del rey, de sus súbditos. “Fíjate, la recién llegada, la madrastra-hermosa al fin sustituye a la madre-yonki que bautiza a su hija en su pinchazo más memorable”.
Y todo era maravilloso mientras Blancanieves era pequeña, apenas una imagen infantil de lo que podía ser cuando los años pasaran. Todas las tardes, sin excepción, la madrastra se peinaba, mirándose frente al espejo. Situada frente a él, a la vez que se acicalaba, ella despegaba y movía sus labios. “Espejo de luna, espejo de estrella, dime en esta tierra ¿quién es la más bella?” Manuel provoca la sonrisa cómplice de Antonio al hacer la interpretación de la madrastra, “Y siempre, tarde tras tarde, fuera invierno, o verano, el espejo mágico devolvía la misma respuesta a la madrastra: Reina, tú eres la más bella de esta tierra”. En aquellas horas salía de sus aposentos y, mientras el rey se ocupaba de los asuntos de sus súbditos, acompañaba a Blancanieves a jugar al jardín. Reían, corriendo a esconderse tras los setos, o chapoteaban a los patos en el estanque, o bajaban en trineo durante el invierno.
Por la noche, la segunda reina se reencontraba con el rey en la alcoba y se acariciaban largo tiempo. Eran noches de éxtasis, en las que el enamoramiento se fortalecía. “Eran los mejores momentos para ambos. Se miraban, con ternura, y siempre terminaban con lo que nunca cuentan los cuentos… sí, como conejos…” sigue contando Manuel, pero al poco rato permanece en silencio. “¿Qué pasó anoche con aquella chica?” le pregunta Antonio. “Nada. Se fue”.
Suspira, y retoma la narración. “Así fueron todos los años, hasta que todo desapareció una tarde”. La madrastra había acudido al espejo como siempre. “Espejo de luna, espejo de estrella, dime en esta tierra, ¿quién es la más bella?” pero aquella vez el espejo no quiso responder y la madrastra insistió, extrañada. “Lo dije de ti, y lo digo de ella: ahora es Blancanieves la más bella” Manuel alarga las sílabas cuando imita la respuesta del espejo. Quiere reproducir la sombra que se cierne sobre el cristal. Con un golpe seco, la madrastra había hecho añicos el espejo. “Espejo de luna…”
Pero la furia había durado poco. La tempestad había traído una calma hondamente reflexiva. Manuel continúa hablando: “de súbito, las paredes se habían coloreado. Eran blancas, blancas como un monte de nieves perpetuas. Se habían tornado negras. Y de pronto amanecían con un azul eléctrico. ¿Límites…? Apenas” Manuel parece abstraído, como si meditara. El tabaco de la pipa se ha consumido, y se dispone a cambiarlo. “El tiempo es tan volátil como este humo que comienza a salir de la pipa. Las volutas de humo describen trazos caóticos. Puedes alterar su recorrido dando un manotazo al aire. El humo parecerá huir hacia otros sitios, pero pronto seguirá la misma senda que antes, y siempre distinto, caótico. Así el tiempo, igual, distinto, caótico, que parece que se ríe cada vez que lo intentamos ahuyentar o atrapar”.
Un día, el rey había caído herido en una de las cacerías del ciervo. La madrastra nunca se lo dijo a Blancanieves. Ella, ingenua, salía todas las tardes a jugar con una enorme casita de muñecas, un regalo de su cumpleaños, tiempo atrás, inconsciente de que desatendía a su padre. Olvidado de su hija, el rey, extasiado, sólo contemplaba la belleza de la madrastra, y posaba sus manos en las de ella. Poco podía ya recordarle a su primera mujer. Se miraban quietos, en silencio. “Azul, azul eléctrico”.
El rey había aprendido a disponer de su tiempo. Cada día pasaba menos ratos en los asuntos de palacio y se encontraba más con la madrastra para disfrutar del día y de la noche. El sol refulgía con frenesí amplificado en cada nueva aurora, y con cada atardecer aparecía, tímida, una luna que mostraba todo su esplendor a medianoche. Se cogían de la mano, y se dejaban acariciar lentamente, la yema del dedo corazón contra la palma de la mano. A su manera, también la ternura se deslizaba entre miradas sorprendidas y febriles. “El tiempo, enmascarado, envolvía a Blancanieves en un halo irreversible. Ya no era azul eléctrico. Era blanco, un blanco roto, como un sudario” define Manuel, acompañando de un dramatismo gestual sus palabras.
Blancanieves sabía que el rey buscaba su compañía cada vez menos. El rey sabía que la madrastra lo quería más que su hija. La madrastra, simplemente, sabía…
Manuel se gira, inquisitivo, hacia Antonio: “¿te acuerdas de David y de Pedro? Se pelearon aquella noche, sólo el diablo sabe porqué. Y desde entonces, Pedro comenzó a dejar caer comentarios sobre David… un mes después logró que todo el mundo estuviera en su contra. Y claro, tuvo que marcharse. Pobre David… ¿te acuerdas de ese mes que siguió? Nunca he visto a Pedro beber con tanta ansia, no tratando de ahogar las penas, sino todo lo contrario, feliz, totalmente feliz, como si con cada vaso que apurara arrastraba consigo cada milítiempo de esa felicidad, loco, dichoso, feliz…” a Manuel le cuesta terminar su frase hablando con claridad, pues tanto tabaco le ha secado la boca. Y parece pensar en la noche anterior, en alguna chica. Con ademán cansino, se endereza y se dirige a la cocina, donde se llena un vaso de agua. Vuelve al salón, junto a Antonio.
“A Pedro las paredes se le habían tornado de un color muy extraño. El odio se había convertido en un gozo extraño, con su punto de crueldad. Y lo manifestaba en la bebida… sí, las paredes se habían pintado de amarillo whisky, del color de un maldito borracho feliz” y apostilla: “sinceramente, ahora no podría decir si ese amarillo era el azul eléctrico, o tal vez el blanco roto”. Manuel piensa que el rey puede ser para ella como la bebida a Pedro, su droga. Equivalencias. “Son… ¿como una habitación doble?” Manuel se niega con la cabeza, como un autómata que sólo se habla a sí mismo, y se hunde más en el sofá. Se está convenciendo de que terminará aburriendo a Antonio, y se decide a continuar su relato.
A lo largo de los años, la riqueza del país decrecía. El rey, deseante de su esposa, descuidaba los asuntos reales, y se centraba en la madrastra, poseedora de una belleza a cada momento más mórbidamente intensa. Fuera de la sacralidad del lecho conyugal, en palacio, el bullicio de antaño se había perdido. Con menos medios para mantener la corte, se había reducido el personal. Incluso Blancanieves, alejada del favor de su padre, tenía encomendada tareas destinadas a las criadas. “Es el momento, Antonio: imagínate a la Blancanieves de Disney con ropa de criada, faldita corta, pelo enmarañado, y cierto descuido que la hagan tremendamente sexual. Una buena fantasía, ¿eh?” Manuel se lo piensa mejor “no, no es una fantasía. Blancanieves fue humana, y ocurre a veces que, cuando te falta afecto, lo buscas en otros lados. Y claro, nuestra madrastra era muy hermosa, pero también inteligente” y supo interpretar el paso a la madurez de su hijastra. Pronto tuvo en el castillo a los soldados adecuados, a los caballerizos adecuados, a todo hombre adecuado. Y se ganó la confianza de Blancanieves. “E hizo de ella una auténtica zorra” Antonio lo mira, sorprendido, y Manuel se apresura a rebatirse “pero eso sí, con muy buen corazón”. Levanta los dos brazos, con las palmas abiertas y los codos doblados, erguido el pecho hacia delante.
Con la confianza ganada, la madrastra era cómplice de todos los escarceos de Blancanieves, y ya sólo esperaba el momento adecuado. Era el cumpleaños del rey. Se había organizado una suntuosa fiesta controlada hasta el último detalle por la madrastra. Jarrones llenos de rosas, gardenias, lirios y todas las flores hermosas del reino adornaban los salones de palacio, y en cada esquina un violinista envolvía el aire con notas enérgicas pero comedidas.
Terminado todo de organizarse, la madrastra, agotada, se había dirigido a sus aposentos. Allí le esperaba una sorpresa. Su espejo, hecho añicos años atrás, se había reconstruido como por arte de magia. “Es lo que sucede en los cuentos”. Conteniendo con asombro la respiración, ella se acercaba y contemplaba su rostro. Piel tersa, suave y delicada. Abrió ligeramente los labios y se dibujó una sensual curva hacia el mentón. Sonreía satisfecha. “Espejo de luna…” Era el momento.
Manuel continuaba su relato: “sólo había que buscar al cegato del rey, atraer su interés, y buscar cualquier motivo para atraerlo a las cuadras reales. ¿Qué haría cualquier mujer enamorada, egocéntrica y para colmo encabronada? Dejar que el rey sorprendiera a Blancanieves con cualquier sirviente de tres al cuarto, un caballerizo en este caso” Manuel paró, su amigo lo miraba, expectante. “Eso fue lo que ocurrió, y allí la desgracia de Blancanieves fue total. De princesa, a criada, forzada a irse con un caballerizo, sin el amor de su padre, sin corona, sin príncipe… y fin de la historia”.
La madrastra se había contemplado en el espejo, incrédula ante tanta perfección: la perfección de la superficie especular, meticulosamente pulida y reflectante, cuando había estado hecha añicos. Y ante la perfección del reflejo… ella misma. Nunca volvió a preguntarle al espejo, pues en ese instante intuyó la respuesta. Y se limitó a sonreír, deleitándose con su propio rostro. Llevaría al rey a la cuadra ese mismo día. Y aumentó aún más su sonrisa, pura, virginal, de dientes tan blancos, tanto que parecía que las nieves perpetuas hubieran llegado a aquél país, anticipándose al invierno.